Yardormar, anais de las montañas

Murieron los dioses de Tagarkunyala
El mar se hinchó de madréporas
Bajo sombras de nubes
Recorrieron praderas las bestias
La lumbre buscó hospedaje
En cavernas y árboles y tumbas
Como en el origen
Igual se mantiene la Soledad…!

A. Turpana (Archipiélago)

2008 trajo la noticia de la muerte de Sir Edmund Hillary, el que con su cómplice y amigo Sherpa Norgay Tensing, son considerados los primeros en llegar a la cima de la montaña más alta del mundo en mayo de 1953, el Everest. Montaña sagrada para los pueblos del Tibet y de Nepal, que le llaman Chomolunga – diosa madre del mundo y Sagarmatha aquella cuya cabeza toca el cielo.

Los sherpa, etnia que dicen bajó hace mucho tiempo, desde el Tibet a las faldas y valles que rodean el Everest, es conocida por su enorme capacidad para escalar montañas y su gran resistencia física y mental.

De los Sherpas y de los Himalayas ya sabía desde mi niñez, pues tenía en casa un extraordinario “lector”; papá, quien además de maestro era un devorador de periódicos, de las Selecciones, de enciclopedias, y de toda revista que caía en sus manos. Cuando papá salía de viaje a la ciudad, volvía cargado de historias, revistas y libros. Venía entonces el goce de escuchar las historias del viaje y sus últimos descubrimientos de otros mundos, sus sorpresas, sus dioses.

Así supe que había seres que hacían lo posible y lo imposible para escalar montañas, que había pueblos que vivían a alturas donde moraban las águilas y pájaros que no existían en nuestro bosque.

Mi Tío Fred, el poeta – pescador, contador de historias kunas, y los Sahilas también nos cantaban y contaban que los kuna veníamos de una montaña mágica y sagrada; Dagarkunyar(la), cerca de la frontera colombiana. Allí, y en sus alrededores nacieron los grandes soñadores y los primeros psiconautas; seres intermediarios entre el pueblo y la naturaleza deificada. Ellos, los psiconautas, a través del sueño, realizaban actos rituales, descubrían males, procuraban la cura, atraían las buenas lluvias y alejaban los malos tiempos. Dagarkunyar, región donde dicen que vivían y viven árboles tan grandes que tocan las nubes, y que en ella anidan y conviven pájaros misteriosos, que un simple mortal no consigue verlos.

Provocado por estas historias que conformaban mi vida, un día con Smodin, mi primer amigo y cómplice, que estudiaba en Usdup, pero era de una isla vecina, empezamos a imaginarnos que subiríamos a la cordillera donde vivían los hermanos de Mordi y Uala (hoy Comarca Wargandi), los yardormar, los de la montaña, los que vivíamos en las islas, éramos los demardor, los del mar; kunas del mar y kunas del bosque. ¿Y si fuera posible llegar hasta la “montaña mágica” de Dagarkunyar?

De estos sueños quedó todo un mapa, que solo fue deseos y promesas; yo fui a la ciudad, Panamá, a seguir los estudios y Smodin quedó en la isla y… pasados unos meses, se fue! una de mis primeras pérdidas.

A lo largo de mi vida, otras sierras, otras montañas y sus historias entraron en la memoria y en los sueños, llegaron unas cargadas de rabias y rebeldías, otras amorosamente. Fui conociendo del Tute heroico y rebelde, del Ancón aprisionado, del Ibedon siempre amoroso. Ibedon es uno de las cerros mayores de la comarca, cerro tutelar que cuida a Yandup (Narganá) y a Wargandup (Río Azúcar), las islas de mis primeros amores.

Las montañas, que parecen impenetrables monolitos de roca, son realmente, un esqueleto macizo, desmesurado, que por todas partes atraviesa la piel, parafraseando a Fernand Braudel, el historiador, en su trabajo sobre el Mediterráneo. ¿Cómo es posible que pasen inadvertidas, estos grandes y encumbrados actores de la trama de la vida?

Montañas, como Dagarkunyar, en el Darién…! o el rebelde Tute en Veraguas o Chomolunga en Himalaya…guardianes de vida, guardianas del tiempo.

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