Si esta ciudad fuese mía…

Cada ciudad puede ser otra
cuando el amor la transfigura.
Cada ciudad puede ser tantas
como amorosos la recorren.
Mario Benedetti.

Hace unos días, Ourense, ciudad de Galicia, ciudad de balnearios naturales junto al Río Miño, nos recibió amablemente en el “II Foro Internacional sobre Feísmos”, un evento que tuvo como propuesta: “Construir un País: la rehumanización del territorio”. Pensar la ciudad y esa relación dramática hombre-territorio, en tiempos de deconstrucción del lugar; de tránsitos y migraciones, de murossegregadores, de agresiones contra nuestra segunda piel. Poetas, arquitectos, maestros, antropólogos, pedagogos, habitantes amantes de la ciudad como territorio orgánico reunidos para discutir estas preocupaciones y proponer nuevas construcciones.

En una ciudad del mediterráneo, un día preguntaron a los ciudadanos cuánto debe medir una acera, un paseo, ya que en tantas partes, no hay espacios para los de a pie, los paseantes, las calles son para los carros; algunos centímetros más dijeron algunos y un niño respondió “que una familia camine de manos dadas”. Debe ser la medida de la acera perfecta.

Y pensaba yo mientras estaba en Ourense en mi lejana ciudad de mariposas, pájaros y árboles. La ciudad que me recibió en los años 60 y donde fui construyendo también mis días: mí amada Panamá. O Ban na ba, (más allá, a lo lejos, en la lengua de los kunas). Así le dijeron al español que llegó a sus tierras hace un montón de lunas, cuando preguntó por el nombre de aquella tierra. Y el anai kuna sin entender lo que le preguntaban, le respondió amistosamente: “Allá a lo lejos, esta otro bello caserío”. Y pasados varios días de caminata, los conquistadores encontraron el caserío rodeado de mariposas, peces y árboles. Y le llamaron “Panamá”.

Mis primeras cartografías sentimentales están muy ligadas al cuerpo de la ciudad de Panamá. Aún está “mi” Parque Legislativo, donde un día esperé durante horas al amor que no llegó y un paisano kuna, un “shaman urbano”, como consuelo me enseñó a jugar ajedrez, descubriendo una nueva pasión. Yo tenía 17 años y desde entones quedé seducido por ese juego, ese arte. Recuerdo que en plena Av. Central, frente al Banco Nacional, estacionaba “El Flaco”, un taxista que incluso perdía pasajeros, porque su alegría era jugar partidas rápidas de ajedrez con los que se atrevían a “perder” cinco minutos con él.

En mis años escolares la ciudad fue creciendo. Caminaba desde la Iglesia de Cristo Rey a la Escuela República de Chile; Calidonia, La Exposición y Bella Vista eran los lugares amados y deseados, con el encanto de pasar por tiendas y parques. Así empecé a memorizar colores, olores y sabores de mi ciudad.

En las ciudades el ruido que producen los carros y los edificios cuando crecen y se multiplican son la sinfonía del desarrollo, y al mismo tiempo son los nuevos hábitats – y habitantes – de las ciudades, de las que van desapareciendo sus otros habitantes: las aves, los animales, los árboles, los ríos exiliados de la ciudad industrial; cuando el cemento avanza la naturaleza retrocede!

Esta vorágine de exilios, velocidades, cemento, ruido y asfalto, provoca dolorosas pérdidas. Y no hay mapas de geógrafos, planos de arquitectos, esquemas de ingenieros, o discursos de políticos, que codifiquen el mapa emocional que surge de nuestra interacción con la ciudad que habitamos y nos habita. ¿Cómo se contabiliza una bahía que se contamina, un río que se seca? ¿Cómo se contabiliza si perdemos una parte del cuerpo y de la propia alma? ¿Cómo cartografiar esas emociones que se des -hacen?

Sin embargo aún quedan ciudades donde sus habitantes tratan de reencontrarse en y con las plazas, andar más en bicicleta, caminar, sus parques y bosques, sentir el viento viniendo de sabe dónde, observar el cielo, sus habitantes y sus regalos inesperados, y en sus esquinas, inventar el amor con “carácter de urgencia”.
Mi Panamá, Ban na ba, sus mariposas, sus aves, sus árboles y sus habitantes sus olores multicolores… algunos están todavía allí, peleando contra el cemento y la polución, resistiéndose al exilio y a la deshumanización de la ciudad, del territorio, asunto de inversionistas y de mercaderes de cartografías invisibles.

03 de junio de 2007

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1 comentario

  1. El Librero dice:

    Aqui va una cartografia del feoclasico panameño.

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