Querida Radio

“Se puede ver cómo va el mundo sin tener ojos: mira con los oídos.” Shakespeare en Rey Lear.

Preparando una intervención académica sobre antropología y comunicación, me encontré con un maravilloso trabajo en la Net sobre radios comunitarios – http://www.comunica.org/apasionados/ . Un delicioso viaje por el universo de las radios, sus combates y sus días. Historias de Radios denominadas a veces populares, rurales, educativas, comunitarias, libres.

Y a propósito de radios comunitarios, escuché, en una emisora, la historia de una radio comunitaria en Gabú, una pequeña ciudad del interior de Guinea Bissau, que vive, solo de recados de amor. Todos los días, a una hora cierta se leen los mensajes. Sus ondas; el amor y sus variantes.

Y la historia de Radio La Colifata, en Buenos Aires, donde los internos de un Psiquiátrico, van creando espacios de terapia y de ternura; mezcla de comunicación y psiquiatría, posiblemente fue uno de los primeros experimentos de radio como terapia para enfermos mentales. Un ejemplo que se ha ido multiplicando por varios países, como el programa Nikosia en Radio Contrabanda de Barcelona, “la radio que se hace desde la otra orilla del entendimiento, desde la infinita lucidez de aquellas personas que llamamos locos”. Preparan su propio programa, las entrevistas, los debates, seres que se consideran así mismo fronterizos; la radio les da la oportunidad de ser escuchados, y escucharse, de hacerse valer. La palabra que nos liga a lo inmaterial, que comunica, materializa, actúa sobre lo corpóreo y lo incorpóreo, moviliza lo inerte, rompe el encierro físico y mental; la palabra puede curar y la voz, ser un abrazo,!

Y los recuerdos me llevaron a mis primeros días de radio en la aldea. O mejor cuando empecé a distinguir un tango, de un vallenato y de un bolero. Y nos fueron siendo familiares los nombres de Emiliano Zuleta o Lorenzo Morales (Moralito) antes que los de Dorindo Cárdenas, Lucho Azcarraga o Marta Estela Paredes. Existía, para mi, una geografía radial que creaba fronteras imaginarias; de Puerto Obaldía hasta Narganá el nombre de Kid Pambelé era más común a muchos y desde allí hasta cerca de Colón, los nombres de Alfonso “Peppermint” Frazer e Ismael Laguna eran más populares.

De Colombia, no solo llegaban las canoas con sus mercancías, también entraban con fuerza las emisiones radiales. Sabíamos tanto de Cochise Rodríguez, ciclista colombiano, como de los equipos de basebol de Barranquilla. Mucho antes de que el vallenato entrara en las emisoras y en las discotecas de Panamá, Alicia adorada y la Cañaguatera ya formaban parte de nuestra “discoteca local”.

“Serenidad y paciencia mi pequeño Solín, mucha paciencia” fue durante muchos años, una frase común de radioyentes no solo de México, Argentina o Colombia, también de nuestras aldeas. Las cinco de la tarde era una hora sagrada para muchos, atentos al próximo episodio de Kalimán, el hombre increíble. Eran momentos fascinantes, donde quedábamos “atrapados” en las aventuras de nuestro nuevo héroe. Quién sería el hombre que hacia la voz de Kaliman? Y la de Solín? Fue para muchos, por lo menos para mí, el primer héroe no kuna. La magia de los recuerdos de las voces y los días de la radio, quedó para siempre en nuestras recordaciones y memorias.

Me he preguntado muchas veces, qué nos fascinaba de la radio, si mucho de lo que decía Kaliman y Solín, al igual que otros programas, noticias, no era totalmente comprensible, ya que muchos apenas empezábamos a entender el español? ¿Era la voz, las voces, el ambiente de ruidos y músicas y sus misterios? ¿La revelación de un mundo ancho y ajeno? ¿La propia magia del aparatito en si? O el hecho de que siendo la oralidad una de las bases de nuestra cultura y por ello el oído puente entre el mundo real e imaginario, la radio era -es y será- siempre una fiel cómplice.

Hoy, lejos de la Casa Grande, y gracias a las nuevas tecnologías, vamos navegando por las radios que están en la Internet: RPC, SuperQ, KWContinente, TropiQ, la Radio Nacional que casi nunca consigo, y otras emisoras, a veces con la esperanza de que de pronto aparezca un Morbeb Fm o un Anai RC, que me salude en kuna. Vamos persiguiendo voces, presencias, melodías, mensajes, y si en la lectura de los periódicos, nos sentimos privilegiados porque antes de que despierten los paisanos de la Patria, ya estamos saboreando las noticias, con la Radio es diferente, son cinco horas de diferencia. Cuando el programa de un amigo en KW Continente, empieza los sábados a las 9 de la noche, aquí son 2 de la mañana! Y queremos escucharlo en directo. Mirarlo con los oídos y con el corazón. Pero el cuerpo se rinde. ¡Serenidad y Paciencia, anai!

¡Amada Radio, que ilumina tantas noches a solitarios y vagamundos!
¡Amada Radio, que abriga a seres prohibidos y palabras sin fronteras!
¡Amada Radio, que un día o una noche, me traerá un mensaje de amor o una canción inolvidable.

Febrero 2006

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