¡Querida Maestra….!

A mis maestras de primaria (de Usdup y de la Escuela Republica de Chile) con cariño.

Mañana, empiezan las clases en Panamá y para muchos niños será su primera vez, las primeras vivencias fuera de casa, un mundo desconocido a ser descubierto. Entrar en otras rutinas, otros rituales y estará a su espera o una maestra o un maestro.
Mi primera maestra – del primer grado – podía haber sido mamá, ya que era una de las maestras de la isla. Mamá se graduó en la Escuela Normal de Santiago y en esta nueva vida de educadora conoció a papá, que unos años después dejó sus estudios de electricista para un día también se graduar de maestro de primera enseñanza (uno de los objetos melancólicos, que siempre me acompañan es la foto de él, feliz, recibiendo su diploma de manos del Dr. Alfredo Cantón)
Sin embargo, mi primera maestra oficial, fue una monjita, la madre Teresita, monja franciscana, que con su voz dulce y pausada y con su hábito que no le dejaba ver los pies, parecía que volaba de pupitre en pupitre. Cuando cantaba, o tocaba la guitarra o el piano – era una fiesta. Incluso cuando nos pedía cerrar los ojos, porque entraba en la sala con unos dulces, preparadas por ella o por las otras monjitas. “Niños, cierren los ojos”, “adivinen que es” y ella cerraba sus lindos ojos, ya que no hablaba dule gaya e imaginaba que muchos no entendíamos lo que decía. Y el olor de la sorpresa invadía el salón. ¿Habrá olores más intensos, sabores, colores, de aquellos que vivimos cuando somos niños? Creo que no, porque todo está en estado germinal, vamos inaugurando todo, abriendo puertas nuevas. Descubriendo sensaciones.

– Un día leyendo Mal de Amores de Ángeles Mastretta, encontré estas frases, que forman parte de un precioso conjuro, “…te deseo una mirada curiosa, una nariz con memoria, una boca que sonría” y pensé, era eso que sin decirnos nos deseaba también Sor Teresita. Mi primera maestra!
Así que para nosotros, mi pequeño grupo del 1º A, la letra no entró con sangre, como dicen a veces, si de una forma dulce, amorosa y tranquila, gracias a una maestra alada.
En casa, observaba y vivía las angustias de mis padres, de sus preocupaciones y de sus alegrías, de sus trabajos y satisfacciones. Me preguntaba años después, cual será el horario de los maestros? Si de tarde continúan a preparar los trabajos para el día siguiente, de noche a pensar en el alumno este o aquel, del caso del padre ausente, de la reunión con la comunidad. Cuantas veces, además de maestras, no han sido; enfermeras, médicas, confidentes, psicólogas, artistas de circo, amigas, jardineros de espacios degradados, músicos, madres….horas sin fin en las tareas de constructoras y casi siempre poco recompensadas. Debían ser los seres mejores pagados del mundo.
Mamá, tenia otra tarea, escribía cartas para sus amigas o vecinos, igual que muchos maestros y maestras en tantas aldeas del mundo y de Panamá. ¿Cómo escribirá el sueño que le esta contando la vecina? ¿Que palabra utilizará para describir la enfermedad que cuenta una señora de una “alma que se perdió en una esquina del bosque”?. Todavía no había llegado la radio grabadora y mucho menos el teléfono. Por eso la palabra escrita era la forma clásica de comunicar con los seres ausentes. Y una de mis tareas extracurriculares era de espiarla en los momentos en que ejercía su tarea de escribana. De puente entre tantas sensaciones y angustias.

Cuando vi la película de Walter Salles, Central do Brasil, donde Dora, (interpretada por la extraordinaria Fernanda Montenegro) una antigua maestra, se gana la vida escribiendo las cartas que le dictan personas analfabetas, en una estación de trenes, recordé los días en que veía a mama escribiendo cartas a sus amigas y vecinas.

Un buen día, cuando estaba finalizando el cuarto grado, un “comité de sabios” decidió enviarme a la ciudad, a seguir estudios en una escuela urbana. Se que no me opuse, al contrario, solo pedía que fuesen conmigo mis amigos todos. Imposible, dice el famoso comité (que eran mis padres, el padre Jesús, mi abuelo Federico y mis abuelitas)
Fueron tres maravillosos años, en la Escuela República de Chile. Si hubo momentos menos buenos, mi memoria seguro que lo apagó, porque no los recuerdo. Nuevas amistades, alegres y dedicadas maestras (una vez una maestra quedó sin voz….otra de las angustias y dolores tan comunes de los docentes). Nuevos rituales de crecimiento. Ahora mi aldea se había ensanchado, porque tenía amigos en tantas partes.
Siento que tuve la enorme suerte, de haber tenido maestros y maestras extraordinarias, verdaderos poetas y artistas del arte del encuentro, de miradas abiertas, de vuelos mágicos, a lo largo de mi vida. Y que puedo sino estar eternamente agradecido, a todas las maestras y maestros de mi vida.

Marzo de 2007.

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