Mi vieja Zenit y otros Objetos Melancólicos

Llegó Abril, la primavera, y ya siento los olores de un Mayo que me llevará a mi aldea marina y a mi ciudad sensual y furiosa. Y empezamos los rituales del viaje; preparar el equipaje, las músicas que nos acompañaran, los libros para leer (que después nunca leemos, porque las sorpresas y las novedades son diarios, las urgencias) y una cámara fotográfica. Solo que en este viaje, llevaremos una cámara digital – liviana, dicen que con una memoria fantástica – y no nuestra vieja y querida Zenit. Está cansada y con muchas cicatrices y creo que sufre de algún mal de ojo. Necesita reposo. Una máquina de fabricación soviética, manual, que nos acompañó con su peso (de verdad pesado) desde los años estudiantiles en Rusia, casi un cuarto de siglo, hasta los días de hoy.

Una de sus primeras experiencias fue un maravilloso y largo viaje que nos llevó – Alice y yo – desde Moscú a Lisboa, pasando por Berlín, Paris y otras ciudades. Una aventura en trenes, carros, camiones, buses, a pie. Y la entonces nueva compañera de viajes, capturó: plazas, monumentos, paisajes urbanos, campos de flores, uno que otro turista.

Mi vieja y querida Zenit acompañó el crecimiento de mis hijas, sus fiestas escolares; muchos 1ºs de Mayo; registró la llegada de Milan cuando era un gatito, hoy ya un Don Gato y famoso. Tomó la última foto de Papá. Atrapó a los amigos en la Peatonal, en los breves retornos a la Casa Grande; A Cáncer y su cuerpo lleno de melodías, al Olo manchado de colores y olores.

Un ojo, uno solo, ¡que me ayudó a ver tanto! Un ojo, que capturó momentos deliciosos. Bellos. Únicos.

Mi Zenit, sufrió algunos exilios, el más duro y el mas largo, en una Casa de Empeño, no sé si en Calidonia o en la Av. B.. Pero regresó, completa, a mis manos, quizá ya con una cicatriz oculta.

Creo incluso que Mi vieja Cámara captó momentos, que yo no había detectado, como alguna luz en momentos especiales. Otras veces simplemente no disparó, no quiso “atrapar” algún cuerpo, o algún alma sagrada.

No sentiré su peso, ni me acompañará su olor – ese que se le quedó pegado después de tres días de Inna – ceremonia tradicional de danzas y cantos, de ritos de iniciación y alegrías – donde no disparó ni una foto; danzó, bebió y saltó conmigo y con los amigos; se paseó de mano en mano y creo que como nunca se divirtió. Desde entonces tiene un olor muy suyo. Como a madera envejecida con gotas de vino.

Y despidiéndome de mi vieja amiga, y preparándome para el viaje, coloco en el equipaje, varias fotos que siempre me acompañan, entre ellas una de Papá. Cinco maestros (cuatro maestros y una maestra) jóvenes, hermosos, sonriendo a la vida. Kunas todos. Siempre me preguntaba, al mirar esta fotografía, amarillenta, antigua, ¿quién la habrá tomado? Pero un día obtuve la respuesta.

Un día llegó a Portugal un paquete de Panamá, con recortes de periódicos y una colección de 15 fotografías. Era un regalo que me enviaba Jorge Ventocilla, nuestro hermano, un peruanopanameñokuna.

Y entre esta maravillosa colección, por lo menos para mi, estaba una copia de la famosa foto de papa y sus amigos maestros. En la nota Jorge me cuenta que una vez, al final de la Segunda Gran Guerra, en 1948, pasó por las islas un soldado norteamericano, Bill Miller y que en Ustupu tomó muchas fotografías. Este hombre se retiró después a vivir a una isla en las Antillas, hasta que un día, volvió a Panamá y a Kuna Yala, a entregar unas copias y de paso, revivir su paso por las islas.

En esta colección, me encontré además, con niños de ustupu jugando sofbol, con un hidroavión cerca del muelle, con una madre y su hijo, y el rostro alegre de niños con montón de dientes de animales y peces como collares, collares de vida y alegrías (hoy es raro ver esta imagen, no hay caza, o poca, ¿los cazadores, donde se refugiaron?) con calles anchas y limpias, casas grandes. Es probable que la intención del soldado no hubiera sido la de ser un cronista de la época. Pero su curiosidad y su habilidad con la cámara consiguieron, sin él presentirlo, hacer Memoria. Sus fotografías son hoy un testimonio de un periodo importante de la historia local y de la propia Comarca. Son Memoria de la Aldea.

Las fotos, regalos del tiempo, estetizan nuestra memoria, miradas elegantes, a veces duras, de nuestras vidas. Cuentan historias, denuncian con sus miradas los dolores de la Tierra y sus habitantes; también son heridas, algo que se perdió, que ya no está. Pero recuerdan y anuncian también besos, alegrías y nacimientos. Ojos que anuncian madrugadas de risas

Es posible, escuchar, oír una foto? ¿Es solo la visión, la mirada, el único sentido convocado al disfrute, o a vivir una ausencia?

Yo trato de escuchar o imaginar los sonidos de las fotografías, de los niños a gritar, del viento soplando en la aldea, de los collares y sus sonidos, del mar y su música.

Y creo que así, muchos ven las fotografías, escuchándolas.

¡FOTOS! objetos melancólicos, medidores de tiempo, como una vez las definiera Susan Sontag en su Ensayos sobre Fotografía.

Fotografías, poemas escritos con luz, con luz y sombras!

03.04.2006

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1 comentario

  1. Manuel dice:

    Solo puedo decir que hay que llevar este texto a la gente, o traer la gente aca. Tanta belleza no se esconde, vamos.

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