Era una vez una Bibliotecas

“el verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros”. M. Yourcenar. Memorias de Adriano

Por el desierto de un país africano, Kenia, avanza una caravana de camellos…algo normal en Kenia, en los desiertos, solo que esta caravana tiene una carga y una misión muy especial: son camellos – libreros, bibliotecas ambulantes siguiendo los pasos de una tribu nómada, los Turkana; un pueblo pastor y nómada que vive en el noroeste de Kenia. Habitan una región semidesértica marcada por las altas temperaturas y la escasez de lluvia. Una noticia que la BBC. mundo.com y algunos periódicos nos contaron el año que pasó.

Una biblioteca fija, en el desierto, no tendría ningún sentido, dice el responsable de las bibliotecas ambulantes, o bibliotecas nómadas. Cada caravana esta compuesta por tres camellos: uno carga dos cajas de libros (una con 200 ejemplares) otro lleva una carpa o varias, y otros los materiales de los responsables.

– por eso lo seguimos a ellos, a donde quiera que vayan. Cuando llegamos los niños nos están esperando. Los resultados han sido satisfactorios. Han obtenido, los alumnos nómades, resultados excelentes en las pruebas nacionales.

Me imagino a los niños Turkana, en esta carpa, y en los tapetes donde se extienden los libros, y que en sus sueños e imaginaciones se transformarán en tapetes voladores, o en ríos o montañas mágicas, en personajes encantadores y encantados. La edad del asombro, de la inocencia, es una edad permanente.
Una de las bibliotecas más fascinantes que conocí en mis años de estudiante en la isla de Narganá, existía en otra isla vecina, a dos horas de distancia en un velero dule, en Guebdi, o Río Azúcar, hoy conocido como Wargandup. Era la biblioteca de un joven poeta – Aristeides Turpana – que por esos tiempos andaba, posiblemente, entre Saint Germain des Prés en Paris y La Rambla en Barcelona, o en los Altos de Curundú en Panamá, o en Manhattan.
En una chocita clásica kuna, mística y surrealista, aguardaban a curiosos o “agradecidos lectores”, obras de Daudet, de Steinbeck, de Sinán. Desde el Gato con Botas en francés hasta cuentos de Quiroga. De Saint –Euxpery a Herman Melville. De Cortázar a Carpentier. De Alfonsina Storni a Sor Juana Inés de la Cruz. De Rimbaud a W. Whitman. Poesías, diccionarios, novelas, ensayos revistas literarias…Me quedaba encantado, provocado, a tocar, a manosear y soñar que un día también tendría algo así…¡Nunca lo conseguí!

Eran centenas y centenas de libros. Amorosamente ordenados y cuidados por Felicia y Antonio – padres de Turpana -. Años después leí una sabrosa entrevista a nuestro querido poeta en la que contaba: “mi amor inicial por las letras se lo debo a unos semianalfabetos campesinos indígenas que me leían los cuentos de Daudet bajo la sombra de los cocoteros en flor”.

Cada viernes, al final de las clases, sobraban motivos para navegar y atracar en Guebdi: los deseos de ser amado por una linda niña de esta isla y que nunca me hizo caso, comer uno de los peces deliciosamente preparados por la mamá de mi amigo Rubelino, y disfrutar de la maravillosa biblioteca de Turpana. A los 15 años ¿qué más podía pedirle a la Vida? Tenía mar, amistades, los ojos y el cuerpo de un secreto amor, peces, libros y el cielo salvaje, misterioso y estrellado de Guebdi.!

Uno de mis intentos de construir una biblioteca personal, fue en Voronezh. Ciudad que se cubría de mucha nieve en los duros inviernos rusos. La niña de Guebdi, se transformó en una bella habitante de una aldea portuguesa. Alice y yo fuimos invitando a nuestra casa a Puskhin, a Lermontov, a Gogol, a Pessoa -mi primer atrevimiento en conversar con el poeta da saudade y del desasosiego -; “Levantados do Chão” de Saramago, una edición pirata del El Maestro y Margarita de Bulgakov, nuevos convidados mezclados con otros ya conocidos.

Acabamos los estudios. y decidimos enviar unos libros en un contenedor, vía barco a Panamá. Otros se quedaron en un sótano, a espera de un rápido retorno, que nunca sucedió. El barco, como Baychimo – el Barco Fantasma contado por D. Guston – desapareció, o dicen que nunca llegó al Puerto de Cristóbal en Colón. Imagino los libros de mano en mano, deleitando y seduciendo a muchos nuevos lectores. ¡Ojala que sí!

Ya en la arenas del desierto africano, ya en islas minúsculas de mares del Caribe, ya en ciudades cubiertas de nieve y en tantos otros lugares de la Tierra, andan seres mágicos, son semillas, gritos, flores, miradas, acostados en hojas de papel, a espera de entrar en nuestras vidas.

Enero 2006

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