Cosmovisiones y Cine Manías

A Alexandra Schjelderup, en su paraíso

Así como dicen que en el currículum vitae que enviamos para aplicar a un trabajo, deberíamos incluir nuestra primera carta de amor, creo yo que también deberíamos incluir nuestras películas inolvidables. Un apartado que pregunte ¿De qué películas gustó? ¿Cuál fue la ultima que disfrutó? ¿Y con quién?

Y es que, por lo menos para mí, el cine forma parte de la “cosmovisión”, de las estaciones del alma, a la par de los libros inolvidables, los momentos mágicos de la infancia o el vino bebido en alegre compañía.

Sobre esto pienso ahora que leo una entrevista al maestro Manoel de Oliveira, posiblemente el cineasta más viejo del mundo. El hombre anda dando las últimas pinceladas a su film “Cristóbal Colon, El Enigma”, y pronto empezará otro titulado “Las Singularidades de una Chica Rubia”, en base a un cuento de Eça de Quieros.

¿De donde le vendrán tanta energía e imaginación, tanta “insolencia” e irreverencia, a Manoel? Nació en su (nuestra) amada ciudad de Oporto, en 1908, y hace cine desde que éste era mudo. Una revista local narra un día de trabajo del maestro destacando: “….cuánta imaginación, cuánto trabajo hasta filmar la escena; llegar a ese instante verdadero, mágico, cuyo conjunto da forma a una película. Y el hombre que oficia, que mueve y dirige todo con una frescura de sentidos y un entusiasmo de un joven empezando en el arte, se llama Manoel de Oliveira y tiene 98 años…”. En 1929 rodó su primera película, “Douro, faina fluvial‘, y desde entonces continúa su viaje de memorias, aventuras e imaginación, ¡Un verdadero resistente!

Algunos cronistas de la aldea, mi otra aldea, Usdup, allá en Kuna Yala, cuentan que el cine llegó en los años 60. Y polemizan si de mano del Padre Jesús Erice o de un comerciante que viajaba en un barco lleno de sorpresas y mercancías. Yo quiero creer que fue junto al catecismo, es decir, junto a las tantas cosas que ese extraordinario vasco, padre claretiano, trajo a las aldeas kunas como constructor de escuelas, de templos, de puentes, de casas, de huertos escolares. Músico de siete instrumentos, marinero conocedor de todos los humores del viento de dule nega, etnógrafo, maestro, escultor de barcos, fotógrafo…. y amigo de los amigos. La vida del Padre Jesús daría para un filme extraordinario.

Cuando Jesús predicaba de infiernos y purgatorios, de cielos y limbos, yo niño me imaginaba peleas y combates, como en las películas. Y lo más extraordinario era que donde se celebraba la misa – la estación sagrada -, era en la planta alta de la iglesia, mientras en la planta baja transcurría la otra estación, la pagana, donde se proyectaban las películas. Un templo menor en donde los fines de semana se oficiaba, gracias a una pequeña planta eléctrica, cuyo ruido competía con balaceras, gritos de Tarzán y rancheras mexicanas.

Las películas de mi infancia no eran religiosas. Mas bien, mi memoria cinéfila me transporta hasta Tarzán (con Johny Weissmuller, claro), el Rey de la Selva, al primer Zorro, a Pedro Infante y Lola Beltrán, a las aventuras de El Santo (El Enmascarado de Plata), y a los primeros besos en la pantalla y…fuera de ella. ¡Qué descubrimiento!

No recuerdo cuándo comenzaron a cobrar la entrada, pero se que el boleto al paraíso costaba… ¡un coco! El coco siempre fue nuestra moneda oficial. ¿A cuánto equivaldría en esos años? ¿5, 10 centavos? Quienes tenían monedas pagaban con monedas, los otros con su coco. ¡Bienaventurado coco que nos permitía viajar al próximo paraíso, a la siguiente aventura, a un beso inesperado, a un abrazo mágico!

Cómo iba yo a imaginar que un día, junto a libros y músicas, tendría a mano mis clásicos de cine, gracias a las nuevas tecnologías – videos y dvs. Tecnología que es hoy parte de mi cosmogonía portátil, almacén auxiliar de mis cosmovisiones. Películas de (o con) Jorge Negrete, Pedro Infante, El Santo, Isabel Sarli (la Coca), Scarlett Johansson, Charlot, W. Allen, Tarkosvky, Buñuel, Cantinflas, Bruce Lee, Cinema Paradiso, Lucia de Humberto Solás, los spaghetti western, “comics” rusos, Audrey Tautou, Manuel de Oliveira, Audrey Hepburn (Breakfast at Tiffany’s), Cowboy de media noche (Dustin Hofman), Wong Kar-Wai y sus poemas de breves silencios … y un largísimo etcétera de maravillas.

Para ver y re-ver, volver a reír, a llorar, a “cruzar” los cables de la memoria y pensar en los instantes mágicos de mis islas y de mi ciudad furiosa y sensual – Panamá y sus salas de cine -, las amigas y los besos en la oscuridad, en nuevos fantasmas, en rabias virtuales y reales, en alegría compartida.

No es igual a cuando la infancia, es cierto. ¿Pero qué se le puede hacer a las melancolías incurables?

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