Charles Aznavour y Toots Thielemans

¿Cuándo escuché a Aznavour por primera vez? ¿Dónde? ¿Navegando en qué ojos? ¿Memorizando qué piel?

Entre estos dos señores suman cerca de 170 años y muchas horas que hacen días, tal vez años de conciertos, otros tantos kilómetros recorridos e incalculables momentos mágicos ofrecidos, ya que los dos son músicos, artistas, hechiceros de una época que nos continúa encantando y que se agarra con fuerza a la memoria y al corazón. En estos días los dos —casi en la misma semana— pasarán por dos ciudades amadas: Oporto y Lisboa.

Le he preguntado a ellos, a la memoria y al corazón, ¿cuándo escuché a Aznavour por primera vez? ¿Dónde? ¿Navegando en qué ojos? ¿Memorizando qué piel?

Y me llevan a la isla de Narganá, a mis días adolescentes, cuando un señor con voz grave cantaba en español contándonos de una ciudad para mí desconocida, ¡Venecia! “que distinta Venecia si me faltas tú… una góndola va, cobijando un amor… “y mi Venecia era Narganá y, ¿las góndolas?, eran los cayucos que salían al río, y ella no estaba. Muchos años después, en medio de la nieve y un nuevo amor, Alice me presentó a otros cantores de lengua francesa — Serge Gainsbourg, Jacques Brel, G. Brassens, Jean Ferrat, Léo Ferré…— y volví en linda compañía a escuchar a nuestro antiguo cómplice, Aznavour, cantando Le Boheme y este homenaje a su pueblo armenio: Ils sont tombésy él, hijo de armenios, miembros de la diáspora, y que nació en 1924 en un barrio de París.

¿Y quién es Toots Thielemans? Un belga que anda en reinventar el sonido de la armónica desde hace mas de 50 años; su instrumento fue también el instrumento de mi tío Fred, el cantor de blues y de sus anais que llegaron de la ex Zona del Canal cantando músicas extrañas y tocando una armónica. Pequeño instrumento, la posibilidad de cargar una emoción, una alegría, nostalgias en un bolsillo de la camisa o del pantalón. Tal vez fue esto lo que me atrapó de la música de Thielemans.

Cuenta la historia que Toots Thielemans tenía 16 años cuando por primera vez prestó atención al sonido que lo acompañaría para el resto de su vida. “Fue en un filme, no me acuerdo el nombre… el personaje estaba en el corredor de la muerte, en espera de su turno para subir a la silla eléctrica, y tocaba la armónica”. Dos años después, la pasión por el jazz lo descubrió en Bruselas, más o menos por la misma hora en que las tropas alemanas entraban en la ciudad. “Fui a escuchar un disco de Louis Armstrong, de eso me acuerdo bien. Y así me convertí en músico durante la ocupación nazi”, recuerda, años más tarde.

Toots tocó y grabó con Miles y Tom Jobim. Con Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Oscar Peterson, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan y Elis Regina, con Chico Buarque, Caetano Veloso y Pat Metheny, con muchas voces de distintos géneros, distintas geografías, distintos colores y distintas edades, con quienes se cruzó en las últimas siete décadas. Es de esta memoria única que viven sus conciertos.

Hay días en que me imagino en la Casa del Congreso, en el Onmaket Nega, a un Sáhila, e imagino que quien lo acompaña en la otra hamaca para cantar y contar historias no es otro Sáhila, es Toots con su armónica de suave melodía, una versión de My Funny Valentine y cosas de Miles Davis. Y estamos todos en esta Casa Grande con los ojos cerrados… volando a mundos interiores, viviendo sensaciones únicas y totales.

Ensoñaciones, formas de viajar, de volar a mundos descubiertos y por descubrir.

Thielemans y Aznavour, sonidos y voces, voces que se hacen música, que discurren, como en el poema de Kavafis:

…Voces ideales y amadas (…)
A veces nos hablan en el sueño;
a veces, mientras discurre
las oye el cerebro
y con su timbre por un
instante tornan
timbres de la primera
poesía de la vida:
como una música,
de noche, lejana,
que se apaga.

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