An ai, Marcel

A Cáncer, com intensa saudade

Uno de los recuerdos más encantadores de las cosas que el mar nos ofrecía, en mis años isleños, era la llegada de los barcos de cabotaje. Hubo una época en que por el mar kuna navegaban más de 10 barcos de diferentes comunidades.

Y un febrero de los años 70, creo que era “Ualalé” como cariñosamente llamábamos al barco de Usdup, llegó al muelle de la isla con un cargamento de alegrías y sonidos, era para la fiesta de la revolución dule.

Yo nunca me perdía los febreros en mi aldea, y la emoción de recibir sorpresas y encantos. Este año seria único, inolvidable, por que llegaba un querido amigo, un nuevo hermano que hacia poco había conocido en la ciudad, llegaba a nuestra Casa Grande…y que nunca mas nos abandonaría, porque siempre llevó en su piel, en su alma y en su memoria, a sus queridos anais dules, era Cáncer. Nuestro querido Ignacio Ortega, con su enorme cabellera, su sonrisa permanente y su guitarra que parecía extensión de su cuerpo.

Y con él llegó además de muchos músicos, un mimo, un actor del silencio, y cuando bajó del barco ya tenia la cara pintada de blanco, los labios muy rojos, un suéter de rayas y no hablaba. ¿Cual sería su nombre? Nunca llegué a saberlo, ni de que país llegaba ¿Donde quedará el país de los mimos?

El mimo “anónimo” encantó a la aldea, hechizó aquellos días de febrero; perseguía mariposas, lloraba, un globo lo secuestraba, se abraza a si mismo, navegaba en un mar imaginario….
En la ciudad de Panamá ya había visto unos cortometrajes de Marcel Marceau, en nuestra querida sala de cine universitario, sala de debates, escuela de ideas, además de un soñatorio para almas más vagabundas. ¿Que años!
Muchos años después, ya siendo yo un señor papá, le conté esta historia a mis hijitas, con un pequeño pormenor: les dije que el poeta del silencio, que un día salió de un barco kuna, se llamaba Marcel Marceau, el famoso mimo. Y que además nos hicimos amigos. Una pequeña fantasía, una mentira piadosa. Después, claro descubrirían la leyenda, pero desde entonces, siempre que aparecía en la TV “Monsieur Bip”, – el personaje famoso de MM – caminando contra el viento, o encerrado en un caja de cristal, o con su cara blanca besando la lluvia, mis hijas me llamaban, “papá ven que está en la TV tu anai Marcel”.

Hace unas semanas se fue, se sembró con su silencio y sus alertas. Y este dia me llamó una de mis hijitas, “papa, escuchaste en la radio, se fue tu amigo…be ai Marcel” y no dijo nada más, sentí en su voz como cuando se nos quiere quebrar…cuantas veces es la voz que se silencia, se apaga, para dar paso a otras…aguas, a otros sonidos?

Y pienso en los días de aquel febrero en que la plaza de la aldea era un enorme soñatorio donde un actor que nunca supe el nombre llegó con su arte.

Y pienso en Marcel Marceau.

Y si yo fuese un poeta del Masar Igar – este rito hermoso de acompañamiento y despedida a la patria final de los Kunas – como empezaría mi canto? ¿Como cantaría a tu lenguaje de gestos? a tu poesía en movimiento? tu cuerpo vulnerable que parece que se va quebrar…o volar con un globo? A tu melancolía de la soledad? A estas flores, que ingenuas porque puras, salían de tus dedos, a la mariposa sensual que perseguías.

Hoy continúo sin saber quien era el mimo de los dias lindos de aquel febrero, que llegó con nuestro querido Cáncer. Fue uno de los días mágicos que guardo siempre en mi memoria y en otros cuerpos.

Y me quedó esta historia muy personal, muy intima, soñada y al mismo tiempo tan real, que ayudó a tantas veces a mis hijas a adormecerlas.

Gracias, an ai Marcel, por este arte generoso. Y al actor que un día llegó con otro hechicero un febrero ya lejano.

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