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Dejando atrás el mundanal ruido…

(Jorge) Desde que era pequeño me han simpatizado las personas que se alejan de las grandes ciudades. No son muchos: la urbe nos jala, nos embruja; quedamos cual polillas girando y girando alrededor de las muchísimas lucecitas, de los tantos artificios urbanos. Y además nos da temor la aparente soledad y ser diferentes. “Robinson Crusoe”, de Defoe, “La Isla del Tesoro”, de Stevenson, ¡Qué libros éstos, leídos cuando somos niños o adolescentes!

(Cebaldo) Me encantan los viajeros, aquellos que de pronto se lanzan al mundo a cruzar otros ríos, a escuchar otras lenguas. Sencillamente a caminar por el mundo. Si, también me he preguntado qué es lo que los motiva. Encontrar amigos que tal vez no buscan, paisajes nuevos donde recostarse, instantes felices, irrepetibles; con los cinco sentidos aguzados, sin prisas. Seducidos por momentos únicos. Esas ganas de migrar, de ser nómade, de recorrer distancias; o de quedarse a vivir en otras tierras.

(Jorge) Alguna vez supe de alguien que se había “enmontañado”. Su nombre: Alexander Skutch y a sus treinta y tantos años  – corría 1941 y he pensado si acaso lo hizo por reacción a los horrores de la II guerra mundial – se fue a las montañas de San Isidro del General, al este de Costa Rica, cuando todo eso aun era selva. Había algunos colonos vecinos, con los que Skutch mantenía relación. Con su esposa, Pamela Lankaster (se casaron en 1950), y con su hijo adoptivo Edwin, vivió ahí el resto de su vida. De tanto en tanto salía. El 2004 ocho días antes de cumplir los 100 años, se murió.

Alexander Skutch junto a su esposa Pamela Lankaster
(Fotografía: tomada de la AFO, Association of Field Ornithologist)

Su “finca” de 78 hectáreas, a la que llamó “Los Cusingos” que es como denominan a una especie de tucán en el país hermano, estaba y está en su mayor parte cubierta de selvas que Skutch nunca taló. Fue adquirida antes de su muerte por el Centro Científico Tropical, con el compromiso de conservarla para siempre en estado natural bajo la categoría de “Refugio de Aves Silvestres.” Hoy recibe e inspira a visitantes y naturalistas, y la sencilla vivienda de Pamela, Alexander y Edwin de puro y frugal estilo campesino tico, es mantenida tal cual como muestra de su filosofía y opción de vida.

(Cebaldo) En un viaje por mar de Puerto Obaldía a Usdup y en un barco cargado de maderas y hojas de palma weruk, aquellas con las que se techan las casas tradicionales kunas, conocí a un viajero que venía desde Minas Gerais, Brasil. Camuflada en el barco en medio de tantas palmas estaba su medio de transporte y cómplice: ¡una bicicleta!

Su meta era llegar hasta Guatemala; venia de Cartagena y ya en su cuerpo y en su memoria cargaba historias de desencuentros, algunos sustos y no pocas amistades. Ahora tenía que llegar hasta Colón y continuar pedaleando. Bamboleándonos sobre el mar compartimos unas horas: escuchando historias de su tierra, tomando soda con galletas, al final compartimos el franco deseo de reencontrarnos en algún rincón del mundo. Pero nunca más supe de Paulo, el enfermero brasileño que un día decidió pedir un año sabático y atravesar Centroamérica en bicicleta. Esto fue por allá por 1985.

Más tarde en Usdup, mi aldea, tuve otro encuentro similar. Esta vez con una pareja de franceses, Julie y David, que caminaban por el mundo y se iban quedando en territorios indígenas. Lo último que supe de ellos es que andaban por el sur del sur, cerca de la Patagonia.

(Jorge) Sí, hablamos de gente parecida pero no igual Cebaldito: tú más de los que viajan, de los que se mueven; yo de quienes se alejan de la gran ciudad y se instalan en otro lado. Pero está bien …Me dicen quienes conocieron a Skutch, que era un hombre muy viejo y muy sabio. Flaco y vegetariano. Antes de meterse en la montaña había hecho su doctorado en biología estudiando plantas –  las variedades de plátano, entre las comestibles – en Honduras, Panamá, el Perú y otros países de nuestra región. Luego se dedicó a su pasión: las aves tropicales. Sus aportes a la ornitología son reconocidos a nivel continental. Pero no todos saben que, además, el tío fue un filósofo y que en asuntos del espíritu supo también remontar vuelo y publicar varios libros.

La razón particular por la que ahora ando dando vueltas a este personaje, fue la profusión de árboles en floración que por unos días estalló a finales de la pasada estación seca en los bosques alrededor de ciudad de Panamá. Este suceso estacional, que es la “primavera” de los trópicos panameños, me trajo a la memoria a don Alexander y a su libro «El Ascenso de la Vida«.  En él explica que los humanos tenemos la visión del color, que falta en numerosos otros mamíferos, seguramente porque nuestros antecesores eran  habitantes selváticos, diurnos y frugívoros. Para “ver” la comida y para “manipularla y acceder a ella”, fue necesario evolucionar hacia la visión del color y hacia el dedo gordo oponible y todo lo que éste implica.

“Ellos tenían que buscar frutas coloridas entre el verde follaje” – escribió Skutch. ”No sólo estamos en deuda con las plantas que florecen en especial los árboles por constituir buena parte de la hermosura de la naturaleza, sino también porque ayudaron al mismo desarrollo de nuestra capacidad de disfrutar la belleza, e incluso a nuestra habilidad para crearla con las manos.”

(Cebaldo) ¿Cuál habrá sido la imagen, la narrativa que fueron construyendo los primeros aventureros kunas que desde el siglo XVII comenzaron a embarcarse en barcos piratas, para conocer otras culturas, otras formas de sentir el mundo? O los vaporinos dules, quienes, después de mucho navegar, un día se bajaron en un muelle de New York y se quedaron a vivir allá y nunca más volvieron a las islas.

Corre una historia por las aldeas, que ya forma parte de la memoria marina, sobre un kuna marinero y aventurero que un día, por los años ‘40, se embarcó en un carguero holandés. Cada tanto enviaba noticias desde Filipinas o Madagascar, de Mali o de Chipre. El dule errante. Nunca volvió a la Comarca para contar sus viajes y sus aventuras. Pero seguro que les contó a sus nuevos amigos – los dogones de Mali, o los tuaregs del Sahara, o los marineros del puerto de Rotterdam – historias de la aldea donde creció y de la “Casa Grande”, la Omaketnega, donde nunca lo olvidaron. Nadie sabe si todavía vive o si está “sembrado” en algún cementerio de Rotterdam, o en alguna aldea costera en Malasia. O si, como en el poema de Neruda, “una noche se acostó con la muerte en el lecho del mar…”

(Jorge) Fíjate que no conocí personalmente a Alexander Skutch, Cebaldo. Pero hice el intento. Esperaba que asistiese a un congreso mundial de conservación de la naturaleza que se celebró en Costa Rica a finales de los ´80, al cual pude ir. Pensaba pues que alguien como él tenía que estar presente en un evento así. Al no verlo llegar, ya al segundo día, pregunté a un colega local. “No, don Alexander no participa en estas cosas” me contestó. Creo que fue una de las mayores lecciones que he recibido del enmontañado.

(Cebaldo) Y son,  muchas veces, los viajes y el ir a vivir a otras tierras, terapias para curas íntimas. Así cuentan de Bruce Chatwin, el escritor inglés de viajes y viajero él mismo. Chatwin justificaba sus escapadas al desierto con el argumento de que como trabajaba duro en la galería de arte que tenía en Londres, labor que le exigía una gran atención a los detalles, a los pormenores y que lo que lo dejaba medio ciego, precisaba de “largos horizontes” para volver a sentirse más libre y regenerar su visión: ¡Una terapia pues!

¿O será que viajamos para encontrarnos con nosotros mismos? Quizás, como dice Javier Moro, “los viajes son una metáfora, una réplica terrenal del único viaje que de verdad importa: el viaje interior.”

(Jorge) ¿Dónde andará ahora que se murió, Skutch, el ornitólogo-filosofo? Quién sabe: en otra montaña de algún otro planeta, en una playa estelar poco visitada… “Una criatura puede contribuir a la riqueza total del Cosmos con solo disfrutar de su vida; o contribuyendo al gozo de otros” … es otra cita textual de “El Ascenso de la Vida.” Este legado suyo, preciso y condensado, me parece genial. ¿No te parece que incluso sublime, hermano? Me he preguntado en qué momento habrá sentipensado y transcrito esta reflexión. ¿En la terraza de su casa en la montaña y al amanecer? ¿En una noche de luna llena aullando con los coyotes (que en esos años ya había llegado a Costa Rica y hoy se distribuyen hasta el Darién)?…  

¡Vaya genialidad la suya, don Alexander!

Hay que repetirla:

“Una criatura puede contribuir a la riqueza total del Cosmos
con solo disfrutar de su vida; o contribuyendo al gozo de otros”

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17 mayo, 2019 | Sin comentarios »

Cosmovisiones y cinemanías

(Notas sobre paraísos terrenales)

(Cebaldo) Dicen que en el currículum vitae que enviamos para aplicar a un trabajo, deberíamos incluir nuestra primera carta de amor. Creo yo que también deberíamos incluir nuestras películas inolvidables. Un apartado que responda a preguntas como… 

  • ¿De qué películas gustó usted?
  • ¿Cuál fue la última de ellas?
  • ¿Y con quién las vio?

Y es que por lo menos para mí y a la par de los momentos mágicos de la infancia, los libros esenciales o el vino bebido en alegre compañía, el cine forma parte de mi “cosmovisión” propia, de mis estaciones del alma…

(Jorge) Bien puedo ver Cebaldito, cuánto marcó el cine a tu vida. Ya antes y varias veces me has hablado de tus primeras vivencias de cine allá en Ustupo, tu aldea marina. No te lo he querido decir antes – porque escucharte hablar de ello es cada vez como una pequeña fiesta – pero en tus numerosos viajes entre Portugal, Ciudad de Panamá y Kuna Yala – cuando reaparecías y coincidíamos – varias veces me has contado lo mismo (…o yo te he pedido que me lo cuentes, como si nunca lo hubieras hecho). Aquellos fascinantes momentos de tu infancia cuando el cine te mandaba a volar lejos, muy lejos arriba, y eras un niño-animalito de galaxia extasiado con héroes y heroínas, tramas y escenografías…  ¡Qué bueno que ahora se te ocurra volver con el tema para nuestra Luna Llena! Cuéntame otra vez hermano, has de cuenta que no te lo he preguntado ya …¿Cómo llegó el cine a Ustupo?

(Cebaldo) Algunos cronistas de mi aldea dule cuentan que el cine llegó en los años ‘60. Y polemizan si de la mano del Padre Jesús Erice o de un comerciante que viajaba en un barco lleno de mercancías y no pocas sorpresas. Quiero creer que llegó junto con el catecismo. Es decir, a la par de tantas cosas que ese extraordinario vasco apellidado Erice, padre claretiano, trajo a las comunidades mientras se desempeñaba como constructor de escuelas, templos, puentes, casas y huertos escolares.

Músico de siete instrumentos, marinero conocedor de todos los humores del viento en la comarca kuna; etnógrafo, maestro, escultor de barcos, fotógrafo…. y gran amigo de sus amigos que eran tantos. La vida del Padre Jesús daría para un filme extraordinario.

Cuando él predicaba de infiernos y purgatorios, de cielos y limbos, yo niño me imaginaba peleas y combates, como en las películas. Y lo más extraordinario era que donde se celebraba la misa – la estación sagrada – era en la planta alta de la iglesia. Mientras que en la planta baja, donde se proyectaban las películas, transcurría otra estación: la pagana. Un templo menor en donde los fines de semana se oficiaba gracias a una pequeña planta eléctrica, cuyo ruido competía con las balaceras, los gritos de Tarzán y el estruendo de las rancheras mexicanas.

(Jorge) Fíjate Cebaldo que si bien no tuve el placer de conocer personalmente al padre Erice, mucho oí hablar de él en Kuna Yala. Mac Chapin, el viejo amigo antropólogo que de tanto en tanto se comunica con nosotros, escribió un hermoso relato sobre este ser humano. Ahí aprendí que en sus últimos días se olvidó totalmente – o no quiso hablar más en esas lenguas – del vasco y del español: solo hablaba en dulegaya, el idioma dule.

Dicen que por senil, pero yo tengo mis dudas. Quizás había llegado a la conclusión sabia de que una vez en la puerta, ante el mismo San Pedro, tendría más posibilidades de acceder al Reino de los Cielos siendo indio Kuna que ciudadano español.

Poco antes de que el padre Erice partiera en su último viaje, narró Mac Chapin, llegaron desde España varios familiares a verlo. Y que necesitaron de traductores kunas para transmitirle los adioses que traían.

(Cebaldo)Las películas de mi infancia no eran religiosas. Mas bien, mi memoria cinéfila me transporta hasta Tarzán (con Johnny Weissmüller, “El Rey de la Selva” claro está), al primer Zorro, a Pedro Infante y Lola Beltrán, a Charlot, a las aventuras de El Santo (“El Enmascarado de Plata”), y a los primeros besos en la pantalla …y fuera de ella. ¡Qué descubrimientos!

No recuerdo cuándo comenzaron a cobrar la entrada al artesanal cine de mi aldea. Pero sí que el boleto al paraíso costaba …¡Un coco! El coco siempre fue nuestra moneda comarcal. ¿A cuánto equivaldría en esos años un coco? ¿Cinco, diez centavos? Quienes tenían monedas pagaban con monedas; los demás con su coco. ¡Bienaventurado coco que nos permitía viajar al paraíso, a la siguiente aventura, a un beso inesperado, a un abrazo mágico!

Ilustración de un coco
¡Bienaventurado coco que nos permitía viajar al paraíso, a la siguiente aventura, a un beso inesperado, a un abrazo mágico!. Ilustración de Ani M. Ventocilla King.

(Jorge) De entre tus héroes del séptimo arte me quedo con Tarzán y Charles Chaplin (sobre todo con su inolvidable personaje Charlot). Tengo copias de varias de las películas de ambos y hoy puedo decir, ya mayorcito, que si bien me siguen fascinando las aventuras de Tarzán, me agua la fiesta el racismo que rezuman sus guiones. Inocentes, crédulos, no detectábamos esos mensajes subliminales; pero de que eran, eran. Y de Chaplin: aun hoy se podría volver y volver a reír con El Circo, esa grandiosa creación de cine mudo.

He leído que fueron 80 las películas donde actuó Chaplin, pero solo en cinco se le escuchó decir algo o mucho: el resto fueron películas mudas. A riesgo de que nos llamen dinosaurios, tendríamos que recomendar a nuestros lectores que vean algunas vez cine mudo. Cuántas personas nunca han visto cine mudo.

En esos años se organizaban en varias ciudades del mundo concursos de imitación de Charlot. Y un día, estando en San Francisco, el propio Charles Chaplin, de incognito, participó en el concurso. En la primera ronda lo descalificaron, por ofrecer una muy pobre imitación.

Decía él que un día sin carcajada, era un día perdido.

(Cebaldo) Cómo iba yo a imaginar que años después junto a libros y músicas, tendría a mano mis clásicos preferidos del cine gracias a la tecnología moderna. Tecnología ésta que es hoy parte de mi cosmogonía portátil, almacén auxiliar de mis cosmovisiones.

Películas de o con Jorge Negrete, Pedro Infante, El Santo, Isabel Sarli (la Coca), Scarlett Johansson, Woody Allen, Tarkosvky, Buñuel, Cantinflas, Bruce Lee,  Audrey Tautou, Manuel de Oliveira, Audrey Hepburn (Breakfast at Tiffany’s), Dustin Hofman (Cowboy de media noche), Wong Kar-Wai y sus poemas de breves silencios. Cinema Paradiso. Lucia, de Humberto Solás, los spaghetti western, “comics” rusos … y un larguísimo etcétera de maravillas.

Para ver y re-ver, volver a reír, a llorar, a “cruzar los cables” de la memoria y pensar en los instantes mágicos de mis islas y de mi ciudad furiosa y sensual – la ciudad de Panamá y sus salas de cine; las amigas y los besos en la oscuridad. Pensar en nuevos fantasmas, en rabias virtuales y reales, en alegría compartida.

Mirar de nuevo esos filmes hoy, no es igual como cuando uno habitaba la infancia: es cierto. Pero ¿qué se puede hacer ante las melancolías incurables?

Poster del 3er Festival de Cine International Documental Bayano

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21 abril, 2019 | Sin comentarios »

El poeta y su luna

[Nota previa necesaria: Aunque solemos estar colgados de la luna no nos desvinculamos de lo que hoy acontece al hermano pueblo venezolano. Ni nos olvidamos que hace dos siglos de Venezuela partió el Ejercito Libertador de buena parte de nuestra América; ni que esa tierra generosa recibió en su momento a miles y miles de perseguidos políticos y migrantes económicos. Volverán a encontrar un rumbo, entre ellos mismos. Pero nunca más será tolerada otra invasión imperial a esta amada región; a estas tierras que nos son sagradas. No nos vengan más con hipocresías, que ya no les creemos. El pueblo estadounidense tiene más que ofrecer, con nobleza y altura, que la prepotencia y falsedad de su elite corporativa.]

(Jorge) Me toca a mí este mes buscar tema y pretexto para la Luna Llena y me encuentro al poeta Jaime Sabines. Y es que estamos en marzo y en marzo nació y se mudó, quien fuera uno de los mayores poetas latinoamericanos del siglo XX. Sabines se nos murió en marzo de 1999 y estimo que ya debe haber regresado. Por ahí andará, quizás de golondrina sobre Chapultepec, de muchachita en Polinesia o de niño en Líbano, donde había nacido su padre, Julio Sabines.

Don Julio era oriundo del poblado de Sacbin, cerca de Beirut: de ahí viene el castellanizado apellido “Sabines”. Tras una temporada en Cuba, llegó de emigrante a México donde nació Jaime. El padre fomentó en el hijo la pasión por la lectura y el hijo dejó saber varias veces, agradecido, que fue el padre razón primaria por la cual escribía poesía. A su muerte, le dijo:

Me acostumbré a guardarte, a llevarte lo mismo
que lleva uno su brazo, su cuerpo, su cabeza.
No eras distinto a mí, ni eras lo mismo.
Eras, cuando estoy triste, mi tristeza.
Eras, cuando caía, mi abismo,
cuando me levantaba, mi fortaleza.
Eras brisa y sudor y cataclismo
y eras el pan caliente sobre la mesa.

(Cebaldo) Los poemas de Jaime Sabines me han acompañado desde hace algún tiempo. Recuerdo que meses después de su “siembra” – como llaman al entierro el pueblo kuna – visité la ciudad de México, donde todavía se sentía la presencia de Sabines en cafés, bares y parques; y seguro también en pieles y memorias.

Y me contó Diguar Sapi, nuestro querido coreógrafo, quien fuera anfitrión aquella vez en el DF, que el día en que por la TV, la radio y los periódicos anunciaron la muerte del poeta, todos empezaron a leer sus poemas… ¡Y miles y miles de mexicanas y mexicanos amanecieron leyendo los poemas de Sabines! En casas de barrios populares, en las alamedas, en las universidades, en cantinas, en refugios de amorosos, en las cárceles, en las iglesias… ¡Qué hermoso homenaje a un poeta amado!

(Jorge) ¿Cuánto no se habrá escrito sobre la Luna? Permítanme poner en la mesa y por partes el poema “La Luna” de Sabines, para que con Cebaldo Inawinapi conversemos sobre tan cálido texto.

La Luna
La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante,
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.

«La luna se puede tomar a cucharadas…». Ilustración de Ani M. Ventocilla.

Sí, seda a algunos la luna pero acelera a otros: se alborotan los locos en las calles con la luna llena y es el día cuando más denuncias atienden las comisarías.

(Cebaldo) Este poema en particular lo guardo como un amuleto. Ando siempre acompañado con él en mi mochila. Cada vez que puedo lo leo y lo releo; y lo regalo. Sí, hay canciones, filmes, historias de la luna; con la luna y a la luna. Por eso yo, eterno aprendiz de hechicero – de escritor – me propuse un día escribir mi primer libro que se llamaría “El Libro de Olodualigipiler”, que es el nombre que se da a la luna en la lengua de símbolos y magias de los poetas kuna.

Es parte intima de nuestra cultura, historia y vida. ¡La luna es el abuelo mayor, que un día de tanto amor y dolor se lanzó desde la Tierra a cuidar el mundo! Cantan nuestros  poetas mayores que al comienzo de los tiempos, cuando la Tierra estaba en gestación y aún no existía la luna, un joven llamado Olonidalibipiler vivía con Gabayai, su hermana, a orillas de un gran río. Una larga historia de amores imposibles, provocó al final la huida de nuestro héroe hacia el cielo, donde se transformó en la luna y tomó otro nombre: Olodualigipiler, nombre sagrado, chamánico.

Un pedazo de luna en el bolsillo
es mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que lo sepa nadie
y para alejar a los médicos y las clínicas.

(Jorge) ¡Totalmente de acuerdo! Es un regalo, una gran suerte la luna. Tanto que sin ella no habría en la Tierra vida tal como la conocemos. Ponga atención lector: no estaríamos aquí conversando de no ser por ella, …como tampoco de no ser por los árboles.

(Cebaldo)  Nos guiamos por la luna. Ella, o él (para la cultura kuna la luna es masculino), marca los días, las mareas, los humores y los caminos. Por eso cada mes dule está dedicado a la luna. Dilla nii, este marzo que recordamos a Sabines, es el luna del árbol Palo Santo (Triplaris cumingiana).

Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.
Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.

(Jorge) ¿Qué puedo agregar a estas palabras de Sabines? Uno se calla no más y deja pasar al poeta y su aureola…

(Cebaldo) Las mujeres de las aldeas kunas han conseguido entender este lenguaje lunar al coser las molas, esas blusas de telas de colores donde tatúan sueños, deseos, miedos, historias y encantos… que saliéndoles del lado izquierdo del pecho se desliza hasta la punta de sus dedos. Me cuenta una de esas magas, que él, la luna, esta allí, con sus fases, pero que para los hombres es algo que no conseguimos ver, descifrar.

¡La luna protege a quienes saben recibir sus rayos, sus guiños, su luz!

«Las mujeres de las aldeas kunas han conseguido entender este lenguaje lunar al coser las molas (…) que saliéndoles del lado izquierdo del pecho se desliza hasta la punta de sus dedos» Mola de Ines Kantule/Usdup

Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.
-JS

(Jorge) Termino agradeciendo a mi sobrina Carmen Rosa Zalles quien hace ya varios años me presentó a Sabines y a su luna. Para quienes deseen escuchar al poeta recitando su creación aquí les dejamos el enlace: www.youtube.com/watch?v=BcRhV0ALl6g

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20 marzo, 2019 | 2 comentarios »

Comer, cocinar, sabrosear

¿Será que por eso en una antigua lengua para decir compañero se dice “cum pañis” …que quiere decir, “aquel con el que comparto mi pan”?   Jorge y Ologwagdi, en Gangandi, Dule Nega, 1990, compartiendo un sabroso manjar.

(Cebaldo) Conté en una antigua crónica de cómo los olores, los sabores de las frutas y de las comidas, marcaron mi infancia, mi memoria de niño. Así fui teniendo “una nariz con memoria”. 

Recuerdo la casa de mi abuela Clementina,  que siempre olía a frutas. Creo que ella misma cargaba en su cuerpo ese olor. De sus manos salían siempre exquisitas comidas y para ella cocinar era una fiesta. Una fiesta eran sus comidas, sus bebidas de cacao con banano, sus varios estilos de dule masi, sus sopas, sus panes hechos de maíz nuevo, siempre compartidos con visitantes y peregrinos que pasaban por donde la abuela Clementina…

(Jorge) Sí, hablar de los alimentos, del cocinar, sin duda nos lleva a las raíces de cada quien. Y es que somos lo que comemos, pero sobre todo lo que comimos allá en la infancia. Y “cómo comimos”, también somos. La patria está en los alimentos de la niñez. 

Mucha razón tienen quienes insisten en que la conciencia no se puede sembrar desde afuera.  Y esta va naciendo también a través de los alimentos de la infancia. Es entonces realmente esencial aprender desde pequeños de los alimentos y del comer. 

«A preparar la sopa colectiva, se acerca la fiesta de la aldea». Arte de Julian Velasquez

Junto con mis seis hermanos tuvimos la gran suerte de que en casa el comer también fuera cada vez una fiesta, como donde la abuela Clementina. Y comíamos de todo, incluyendo alimentos como la quinua que en la Lima de aquellos años casi no se comía en las casas de clase más o menos media para arriba. Junto a productos como la oca, el charqui y la máchica, a la quinua en aquellos tiempos se le podía mirar con cierto desdén aburguesado y capitalino. Pero para nuestra fortuna, teníamos en las alturas andinas parientes que sembraban papas y demás productos que ofrenda el trabajo de los agricultores en los Andes . Y de tanto en tanto, nos enviaban de sus cosechas…

(Cebaldo) La cocina era el lugar por excelencia de mi tío abuelo Fred William, mi primer cuenta-cuentos. El viejo Fred se sentaba en una esquina y contaba historias de la base militar en la antigua Zona del Canal donde había trabajado en la cocina.

El tío Fred era ciego. Se fue quedando ciego y por eso regresó a su aldea marina en Ustupu; ahí empezó a estudiar la historia oral dule. Con sus historias de cocinas y comidas “gringas” nos condimentó la infancia con cuentos sabrosos y alegres. 

Por eso la cocina era como el lugar mágico, el centro de la casa, donde no solo nacían platos sabrosos y suculentos sino historias y cuentos, como un local de encuentros y sorpresas. Además, al caer la tarde, era allí que empezaba el ritual de “preparar la noche”. El sahumerio, el baño de albahaca, y el baño de humo para los guardianes que cuidarían nuestros  sueños y  madrugadas: los Nudsumar, guardianes contra todo mal.

(Jorge) Fíjate hermano que fue ya de mayor que me tocó aprender  que en casa hubo algunos tiempos de escases. Cuando por ejemplo había que comer más o menos lo mismo por algunos días; porque cuando lo que había era un saco de ollucos (un tubérculo andino que nos llegaba de parientes de la sierra), pues se comía ollucos y más ollucos… ¿Y sabes qué Cebaldo? si no es porque me lo contaron años después mis hermanas mayores, yo nunca hubiera sabido de escaseces ni de la obligada repetición de lo mismo. Y es que Delia, mi madre, además de madre era maga. Hacía en la cocina verdaderas maravillas. Cada plato un deleite para los sentidos. Y comer, como dije antes, una fiesta, sin espacio para darse cuenta de dificultades.

(Cebaldo) Y la historia de cocinas, cuentos y cocineros de mi tío Fred, me lleva a las historias y hasta verdaderas leyendas de los kunas cocineros, quienes han ganado fama de grandes maestros en el arte del buen cocinar, en Panamá y más allá.

Dicen que en muchos de los mejores restaurantes de la ciudad es normal encontrar un kuna, un dule, inventando o creando algún plato especial.  Y me acuerdo de un amigo de Usdup, Mani, que es un “chef”  famoso, pero que en su vida anterior quería ser medico dule. En su primera vida, en su dupu (isla en kuna), siempre soñó descubrir los secretos de las flores silvestres, de las plantas medicinales; aprender a cuidar un jardín terapéutico, a cómo decir la palabra exacta con la entonación adecuada para “despertar” a esos elementos botánicos que después ayudaran a aliviar el dolor, o a sosegar el alma. 

Mani quería ser medico, medico tradicional y durante varios años acompañó a su maestro. Aprendió los poemas y los cantos sagrados, y pacientemente se fue preparando para su futuro servicio.

Pero tuvo que salir de su isla, despedirse de su bosque, de su jardín de flores medicinales para ir a la ciudad. Hizo de todo: limpió calles, casas, fue mensajero, hasta que un día un amigo le invitó a trabajar en una cocina, a limpiar. Y allí comenzó el aprendizaje de otro arte…

¿Sabría el cliente, excitado por un sabroso plato, que fue un poeta, un médico jardinero quien preparó el manjar? ¡Qué privilegio!

(Jorge) Me consta haber visto en más de un restaurante de la ciudad de Panamá – hindú, italiano o hasta portugués -, a un paisano kuna trajinando tras la puerta de la cocina del local. Las pizzas que más recuerdo, de “La Casa de la Pizza” en Vía Brasil, las preparaba un amigo kuna de Ailigandi.

(Cebaldo) Comer, y comer juntos,  es mucho más que el simple  acto de nutrirse. Es una misa y una alegría, como nos decía un maestro. Desde el acto de preparar, hasta el ritual de comer.  Se puede cocinar para alguien, pero la fiesta, es comer con alguien.

¿Será que por eso en una antigua lengua para decir compañero se dice “cum pañis” …que quiere decir, “aquel con el que comparto mi pan”?

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19 febrero, 2019 | Sin comentarios »

…Y al sueño, ponle alas

[En esta su séptima Luna, Jorge y Cebaldo empiezan a dar forma a un viejo sueño recurrente y compartido: navegar en travesía por las islas de Kuna Yala, en función de reunir y compartir la mayor prueba de la existencia del ser humano, la poesía].

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(Jorge) Bueno hermano, seamos serios y demos vuelo a aquel sueño de una travesía poética por las comunidades kunas – ese viajar a vela de comunidad en comunidad, recibiendo y compartiendo lo escrito por la pléyade de poetas y poetizas que habitan el archipiélago.

(Cebaldo) Desde niño cargo el sueño de ser marinero, de navegar por los mares del mundo, que dicen son siete, como lo hicieron Sam, Chaly Robinson, Wigubinabaler, Susu Manuel y otros legendarios marineros vaporinos kunas. Ya no será posible; ya no se acercan vapores a las islas buscando tripulación. Hoy tan solo espero un día recorrer en un cayuco, a vela, de La Miel a El Porvenir. Y  tratar de escuchar o leer una noche en la costa, los cantos, los rumores,  los mensajes que la luna, las estrellas y el viento me envíen. O tan solo contrabandear poemas de isla en isla. ¡Pero en un cayuquito a vela!

(Jorge) Aterricemos pues en la Luna, Cebaldito. Sentipienso que como buenos navegantes, son tres los asuntos principales que debemos organizar:

  1. Medio de trasporte y tripulación
  2. Recorrido (agenda mínima de puertos donde recalar)
  3. Equipaje

1.

¡Claro que tiene que ser en bote de madera, y a vela! Labrado en un solo tronco y de mediano tamaño. Ya navegado, es decir con sus parches y acostumbrado a remontar tumbos y oleajes. Pintado en amarillo, negro y rojo, como un buen urgakur tradicional.

(Cebaldo) En realidad Coqui, he recorrido varias veces toda la costa comarcal. Alguna vez solo, otras en compañía de amigos, pero siempre en un cayuco con motor fuera de borda o embarcado en un barco de cabotaje y haciendo trabajo de campo. Ahora la historia es distinta: navegar por el archipiélago de isla en isla en un cayuco a vela, y que sea el viento quien comande los días.

Fíjate que los cayucos forman parte de la memoria y la historia de los Guna, desde que nuestros ancestros empezaron a bajar por los ríos desde las montañas de tierra firme hasta las islas. Ahí cambiaron formas y técnicas de navegar. El urgakur es de mar; el ulachuy, más delgado, de río. …Hay mucha complicidad entre esas “esculturas que navegan” y los habitantes de las islas.

Ilustración de Ani Ventocilla King: “…demos vuelo a aquel sueño de una travesía poética por las comunidades kunas – ese viajar a vela de comunidad en comunidad..”

Hablando de esto hermano,  ¿sabes adónde van los cayucos cuando envejecen? Pues continúan viviendo sus días cerca de sus amigos: en la fiesta de la inna, donde son usados para contener la chicha fuerte; en los baños medicinales, cuando en ellos se vierten agua medicina vegetal; y en el último viaje, hacia el cementerio en tierra firme, donde la Matria final. Es decir, un cayuco es más que un recurso o instrumento de trabajo o de viaje: es un aliado, un amigo, un cómplice.

Y sí, me imagino un gran velamen para nuestro cayuco, de manta resistente. Los niños de las escuelas o aldeas que visitemos lo podrían pintar, ilustrar. O escribir sus cuentos encima. Preferimos pues en cayuco y a vela, para que el viaje sea lento, sin prisas, disfrutando más de los paisajes y los encuentros.

(Jorge) El capitán: nuestro hermano el Avelino Pérez, de Carti Sugdup, claro está. De grumetes llevaremos al Achu Garra, al José Angel Colman y a ese loco lindo que le dicen dizque “Ologuagdi” Va a faltar lugar para tanto voluntario …¡Pero que no falten sirenas Cebaldo, que son ellas las mayores y mejores creadoras! De no ser por las mujeres y por el lado femenino de la vida, hace rato que hubiéramos naufragado.

(Cebaldo) Me quiero imaginar que además del mar y el cielo estrellado y la luna, la selva dule será nuestra guía aliada durante el viaje.

2.

¿Qué ruta seguir, me preguntas? Seguiremos una ruta invisible, de olores y sonidos y sabores. Quién sabe si en el viaje encontremos el olor de unas tinajas a punto de fermentarse que nos indique el camino, sus estaciones y recodos…

(Jorge) Propongo que empecemos la travesía por el lado de donde sale el Sol.  Partiendo de la comunidad de Armila, aquella donde nos tomamos la foto con la tropa de niños teatreros que aparece en la Luna Llena de agosto pasado. E incluso, que al principio caminemos, no naveguemos. Vayamos a pie por la orilla de la costa, desde Armila hasta Carreto. He vagado extasiado por varias costas, pero …¡cómo permanecen aquellas costas aisladas!

(Cebaldo) Fue de Puerto Obaldia a Armila, y de Armila a Anachucuna. Entre la basura que llegaba por el mar encontramos una tortuguita herida, sola y perdida. Me acuerdo que la entregamos a Nacho, el dule que cuida con su comunidad, en Armila, las tortugas marinas. Él después la llevó a la aldea y pasado varios meses, me cuenta, la devolvió al mar. ¿Dónde nadará nuestra tortuguita, Manuelita?  Que sea su memoria quien nos recuerde siempre la alegría de los paseos, de los viajes y de las sorpresas.

Al llegar a Carreto ahí sí empezaremos a navegar. Primero para llegar a esa isla tan particular, con forma de ballena: Dupac.  La única “isla verdadera” de la Comarca – las demás son, en realidad, islotes coralinos – habitada, con un pequeño río y una montaña de la que se cuentan historias en toda la Comarca. De niño pasé muchos veranos en Dupac, jugando y escuchando cuentos.

Dicen las revistas, la información oficial, las propagandas turísticas, que el Archipiélago Guna lo componen 366 islas e islotes. Nosotros sabemos que son más, que algunas no están en esta lista oficial. Y que otras islas solo aparecen cuando son miradas con ojos de asombro o enamorados. Lugares de refugio, locales de encuentros mágicos, sitios para pescadores y poetas. Más de una isla de ésas espera a los viajeros.

(Jorge) Para armar el recorrido debemos volver a leer las memorias de Ernesto Cardenal: “Las Ínsulas Extrañas”, su segundo tomo. Cardenal, el gran poeta nicaragüense que visitaba a los kunas en la década de 1960. Volvamos un poco tras sus pasos ya que debe haber aun gente que lo conoció. Debemos bajar en Guebdi, la isla del poeta Turpana, para ver si conservan aquella biblioteca milagrosa que hacia levitar al niño Arysteides, hace más de 60 años. La vi con mis ojos hace 22 años.

En Ustupu también amarraremos nuestro cayuco. Para visitar a tu mamá y a tus tías, aquellas mujeres que con sus risas escandalosas espantaban las gaviotas. Y busquemos en sus calles a los mayores para que nos vuelvan a contar de las visitas de Eleodoro…

“…De grumetes llevaremos al Achu Garra, al José Angel Colman y a ese loco lindo que le dicen dizque ´Ologuagdi´…”

(Cebaldo) De los sitios que me gusta visitar en las islas – además de la Casa Grande, el Onmaket Nega – están las bibliotecas. Se que en muchas comunidades ya no existen o están abandonadas. Pero siempre encuentro una abierta, resistiendo al tiempo y al olvido. ¿Qué historias nos contarán estas casas con libros? O con viejos periódicos de ayer,  o fotografías ya sin color.

Cuando lleguemos a Narganá/Yandup, y desde el puente que la une a Akuanusadup, nos detendremos a sentir y observar el monte Ibedón, que dicen es uno de los mayores de la Comarca. Es lugar sagrado, un galu, refugio de animales, aves de plumas multicolores y duendes juguetones.  Toda la cordillera Guna, es territorio sagrado porque es propiedad en común y ofrece generosamente frutas, aguas y plantas.

3.

(Jorge) Poca cosa en el morral, mejor. Las personas mayores suelen recalcar que la vida es un constante aprender a viajar más y más ligero de equipaje. ¿El combustible? Pues ya lo hemos acordado: el céfiro vagoroso que recorre la superficie del Mar Caribe en horas del amanecer.  Las travesías entonces empezarán temprano, a poco de brindar con madum. Pero llevemos un sextante, por si nos perdemos de noche y haya que guiarse por las lumbreras del cielo. Y llevemos también libros publicados por dules. Y dibujos de los niños de cuando los Talleres de Arte Infantil Kuna de la década de 1990 …conservo varios. Busquemos a sus autores, hoy ya adultos, en Ailigandi, Ogobsucum, Playón, Sugdup, para que se asomen y se vean de niños en el espejo de sus dibujos.  Y poesías, claro, muchas poesías impresas, de otras aldeas del mundo, de muchas partes. (Cebaldo) Siempre que empiezo un viaje pienso si volveremos a encontrar a los amigos que un día se cruzaron en nuestros viajes. Tal vez nunca más. ¿Qué nos unía? Quizás solo el privilegio de viajar juntos, de una conversación en una noche de estrellas… A veces estas personas siguen habitando en nosotros, junto con los espacios y los silencios compartidos. Así como las sensaciones, difíciles de contar, de describir, pero imperturbables.

“…Busquemos a sus autores, hoy ya adultos, en Ailigandi, Playón, Sugdup, para que se asomen y se vean de niños en el espejo de sus dibujos…”

¿Será que viajamos para encontrarnos con nosotros mismos? Creo que, como dice Javier Moro, “…los viajes son una metáfora, una replica terrenal del único viaje que de verdad importa: el viaje interior

Y hacer la travesía para agradecer también al mar, al bosque, al río; a las generaciones de kunas y no kunas que fueron construyendo este lugar; a los generosos jóvenes del 25; a la vida, por este viaje por los meandros del azul, de las aguas y de la risa.

Y recordemos que una aldea, una isla, una comunidad, es tan importante como un país. El tamaño, la escala, no importan. Importan los asombros, las sorpresas, los descubrimientos y las conquistas que logramos.

¡Que la memoria sea nuestra cámara fotográfica! Guardar los momentos íntimos. Quién sabe, quizás de ellos nacerá un libro; o historias para seguir contando esta aventura que no acabará mientras existan cayucos, poetas, mares y amistades… (Jorge) Así sea. Alas a los sueños, hermano. Que aunque somos eternos cada vez que volvemos tenemos el tiempo contadito. Vuelan abrazos a todos.

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Otras Luna Llenas:

21 enero, 2019 | Sin comentarios »

Sobre NegOcios, territorios y otras artes…

Al Pueblo Naso y la lucha por su Comarca!

Arte de Ani

(Cebaldo) ¿Dónde comienza este NegOcio?  Por una casa, o mejor por una Neg o Nega como los Kuna, en su lenguaje marino, llaman a la casa. Una Neg es más que un espacio físico, va más allá de los ladrillos, de los techos de paja, metal o cemento. Ella es el territorio, es la lengua, son los sitios sagrados, es el cosmos, el útero, los nidos, los abrazos. 

Aveces las casas viajan con sus habitantes, como los Turkana en los desiertos de Kenya, que se trasladan con su casa desarmada al hombro, o los Evenko en la taiga siberiana, o los Nukak Makú en Colombia. Puede también que las casas estén en las montañas, esos locales que parecen impenetrables monolitos de roca pero son fuente de biodiversidad, cuidados amorosamente por sus habitantes en Nepal o en los Andes.

(Jorge) Era febrero de 1975 cuando mi padre nos llevó a mis hermanos y a mí por primera vez, donde sus amigos los Kunas de Ustupu que celebraban el 50 aniversario de la Revolución Kuna. A Kuna Yala se le conocía como San Blas; Kuna se escribía con “C”; mi padre, Eleodoro, tenía 58 años; y yo era un joven de 18 descubriendo recién el país donde había venido al mundo. Al entrar a la Onmaket Nega de Ustupu, mi padre anunció: “Aquí les traigo a mis hijos, para que aprendan de ustedes”. Luego y para deleite de la audiencia comenzó a hablar en quechua, la lengua autóctona más usada en América y que él aprendió siendo niño en su pueblo de Cajatambo, en la sierra del Perú.

(Estos son recuerdos que ya he contado alguna vez Cebaldo, pero que bien vale reciclarlos ahora que me propones hablar de la “casa”, del territorio que se habita…)

Poco antes y en la avioneta que nos traía desde el antiguo aeropuerto de Paitilla, miraba yo asombrado, también por vez primera, las selvas primarias de la vertiente del Caribe de Panamá. Y cuando descendíamos, ese mar celeste fulgurante allá abajo, matizado por inmensos cocales y arrecifes coralinos… Un instante antes de aterrizar alcancé a ver gente remando en cayucos, que entraban por la boca de los ríos. La experiencia marcó mi vida y le abrió nuevos rumbos. Cuánto aprendizaje vino después con gente Ngäbe, Emberá, Buglé…

(Cebaldo) Una Neg o Nega no necesita de puertas sino tan sólo de luz y de cuidados. El río, el mar, el bosque… son también Casa, son Nega; o más bien su prolongación. Ella es sagrada, por eso queremos que siempre tenga aroma de flores. “No la violemos, seduzcámosla con palabras y gestos” – así canta el Sagla kuna en la Casa Grande – Onmaket Neg

En estas Negmar (plural: casas), niños, mujeres y ancianos viven una permanente complicidad. ¿Dónde residirá el secreto o la receta de esta forma de vida?

Señores de otra aldea “más civilizada” dicen que esta gente es iletrada, salvaje e inculta. Dicen también que son unos ociosos, unos perezosos, nada “productivos”, y que no tienen horario. Acaban diciendo que “nada aportan al mercado” y que hay que civilizarlos.

En una de estas aldeas de “ociosos”,  el inaduled  – médico-poeta – se levanta a las cinco de la mañana, cuenta su sueño a la mujer amada, y luego toma el primer baño en el agua que acaricia. Su cayuco está a la espera, agradece él a la vida el día generoso y se desplaza hasta el río donde tomará su segundo baño. En su jardín, en su bosque, buscará las plantas medicinales, conversando siempre con  ellas, recogerá algunos cocos y algún plátano ya maduro. En el manglar recogerá dos o tres cangrejos. Y de nuevo en el mar, con su anzuelo, un pez para la nieta que le espera en casa. Estos “ociosos”, tan sólo se dedican a cuidar bosques porque saben que es el hogar de animales y humanos; cuidan los ríos y la casa común. Y en la aldea danzan, porque danzando equilibran los sonidos de la Tierra. Tejen vestidos que hablan de la vida y se pintan el cuerpo, que es también territorio sagrado.

(Jorge) Manuel Jiménez proviene de una familia interiorana que llegó al Bayano en los años ´70 cuando todo era selva y se construía la Hidroeléctrica Ascanio Villalaz. Hoy la región está a tres horas en automóvil de la ciudad de Panamá y “Manolo” reside en la comunidad campesina de Loma Bonita. El estuvo al frente del Comité de Agua de Loma Bonita y se siente orgulloso de haber sido guardabosque voluntario del INRENARE. Un día me encontré a Manolo en la parada de la escuela de su comunidad, donde casualmente yo esperaba el bus junto a un amigo Kuna. Se acercó y me dijo, en tono casi de confesionario: “Si no hubiera sido por esta gente [los Kuna como mi amigo, pero también los Emberá], ya por aquí en Bayano no quedarían montañas…

Jorge Martínez estudió cinematografía en Argentina y volviendo montó el proyecto “Cosmovisión” con el que ha llevado buen cine a muchos poblados del interior. Una noche de hace unos años platicábamos en la comunidad Emberá de Piriatí, también del Bayano, luego de proyectar documentales hechos por jóvenes indígenas y campesinos locales. No se me olvida lo que me dijo: “Los panameños tuvimos en la gesta por la recuperación de la soberanía en el Canal, un norte que nos unió a casi todos. Hoy necesitamos un nuevo norte. Y creo que éste bien puede ser el reconocer y poner en valor la  diversidad cultural que somos.”

Me siento muy cercano a las opiniones de Manolo y Jorge. Este país es diverso, magníficamente diverso. Aunque con frecuencia se desconoce que las dos diversidades que nos caracterizan, la cultural y la biológica, son interdependientes: la una no va sin la otra. Bastaría con ver el mapa de la cobertura boscosa: donde están las poblaciones indígenas están los bosques remanentes del país. O con entender los cantos ceremoniales de un sukia Ngäbe, o un jaibaná Emberá, quienes dialogan chamánicamente, familiarmente, con la tierra. O con abrir los ojos y ser testigos de la persistencia en la lucha por la tierra de los siete pueblos originarios del país… una lucha que es una pelea también por defender a la Nega, como tú bien sabes Cebaldo.

(Cebaldo) Uno de los recuerdos más fascinantes de mi infancia en la aldea fue vivir las ceremonias de carcajadas de mis tías y sus vecinas. Cuando empiezan su sinfonía de carcajadas las mujeres de mi aldea dicen cosas, comentan, juran, juegan, seducen. Y yo regresaba a mi casa más alegre, divertido y feliz. Qué bien me hacía todo eso. ¡Risoterapia!

Estas son gente improductiva para algunos, para aquellos que cargan otra forma radicalmente distinta de ver el mundo; para quienes lo que manda es la ley del mercado, donde todo es mercancía.

(Jorge) “Un indio sin tierra es un indio muerto”, nos dijo hace muchos años el cacique Leonidas Valdez, de Carti Suigdup. Me sorprendió la fuerza de sus palabras pero hoy las entiendo plenamente. El “otro”, despreciado desde la conquista, ve a la naturaleza como un sujeto vivo, como la Madre fuente de vida…

Lograr la legalización colectiva de los territorios – ojo: no propiedad individual sino co-lec-ti-va – requiere de un proceso largo, costoso, y más de una vez desatendido por agencias gubernamentales. ¿Cuántos de nosotros en la capital sabemos que hay comunidades – aquí cerca, en Bayano por ejemplo – que llevan hasta cuatro décadas tratando de legalizar sus territorios, sin resultados? Majé Emberá Drua se llama uno de esos territorios. Allá, hasta los pvc que llevan el agua a las comunidades han sido inutilizados por las quemas de los invasores de sus tierras y bosques.

Cuando los noticieros señalan que se deforestan y queman las selvas del Darién, anuncian que se hace humo tanto la diversidad biológica como la cultural.

¿Qué pasa cuando se niegan títulos colectivos a quienes siempre han estado ahí, mientras que no se controla la invasión de los que vienen empujados, o son la vanguardia económica y política, de un estilo de desarrollo que lo que busca es la mayor ganancia individual al menor tiempo posible (y sin pagar los platos rotos)? ¿Cuál es el resultado a la larga para la gente y para el ecosistema? …Si no cuestionamos ese “orden” injusto e insostenible vamos todos al despeñadero.

Pueblo Naso

Qué bueno sería volver a encontrarnos con Manolo y Jorge – y también con Eleodoro y el cacique Leonidas que ya fueron “sembrados” – y escucharlos. Enriquecerían el diálogo respetuoso y justo que nos hace falta para ser un país diverso y con equidad. Un país donde la diversidad biológica y cultural sea asumida no como obstáculo ni como atraso sino como lo que verdaderamente es: una riqueza de oportunidades.

(Cebaldo) Por todas estos motivos, el bosque, como los territorios indígenas, es un lugar que canta y encanta, mancha verde al borde del azul, una sombra extendida que da vida, un jardín de delicias y alegrías, una Neg… ¡Una Casa para cuidarla siempre!

Que este 2019 que ya está a las puertas, sea menos doloroso, de más sonrisas, de más ocioscompartidos, de Negmar habitadas con ternura. ¡Y que continuemos reinventando día a día nuevos NegOcios!

Son los deseos de vuestros amigos, Inawinapi y Jorge.

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22 diciembre, 2018 | Sin comentarios »

Una infinita expectación de la aurora…

Ilustración: Ani Ventocilla.

Bueno Cebaldito, te propongo conversar en esta Luna sobre un espacio de tiempo bien particular: el amanecer.

Se bien que en comparación y quizás por pura costumbre, los atardeceres dan más pie a comentarios, fotos, ensoñaciones y demás. Se alaba y se tiene más en cuenta a los atardeceres que a los amaneceres. Pero, decía Thoreau: “…todos los hechos memorables acontecen en la mañana y en una atmosfera matinal. La poesía y el arte y las acciones más bellas y memorables de los seres humanos datan de esa hora…”

(Cebaldo) Me gustan las madrugadas, que yo ubico previas, anunciando el amanecer. Desde niño me encantaban porque sentía que mi abuela era algo así como “la guardiana de mis madrugadas”. Era ella la que me preguntaba “Cebaldito, ¿qué soñaste? a manera del buenos días de nuestro primer encuentro del día.

(Jorge) Hay una energía muy particular en ellos. El mundo es como nuevo otra vez y fresco como nunca. Es un recomenzar: una nueva oportunidad totalmente gratuita.

Y habla, siempre dice algo valioso el amanecer. Talvez lo que dice se puede guardar y retomar luego en el día, cuando de seguro será precisamente lo que estábamos necesitando saber o considerar. Haz la prueba, escucha y verás.

(Cebaldo) El primer acto de la tribu al despertar es contar lo que soñamos. Como creando un puente invisible entre la noche y el día por medio de palabras y gestos. ¿Qué soñaste? Y me imagino las palabras y muchas sensaciones cubriendo casas, cuerpos y calles. ¿Por qué los indígenas en todo el mundo nos contamos los sueños? Por qué los compartimos? Tal vez para sentir que no estamos solos, que la aldea nos cuida, que tenemos quién nos escuche… Para que los miedos y los fantasmas se escapen por la puerta del fondo. Y que mi historia onírica no sea solo mía: que tenga cómplices.

(Jorge) Lo mejor para sentir el amanecer es procurarse una forma de contacto con la naturaleza. Sea en un jardín, un parque… aún una planta sembrada en maceta, transmite “algo” a esa hora. Posar los pies descalzos en la grama, en tierra o en arena, ya es otra cosa… te puede poner en estado de gracia.

(Cebaldo) ¿Y qué será el amanecer? ¿Lo contrario a la noche, nada más? ¿Su otra cara? Llega prometiendo nuevas estaciones y puentes para que el día sea una nueva alegría a disfrutar. Y allá en Ustupu, la madrugada llegaba también oliendo a frutas. Y sonando con los sonidos maravillosos de mi infancia. Es de madrugada, antes que el sol salga, cuando se prepara la bebida mágica, el madun – hecha de banana, cacao, agua y mucho amor. Y el toc-toc-tóc de los instrumentos usados para crear esta bebida de manos de los dulemar. Sonido que se mezclaba con el del caracol – el fututo – llamando al trabajo y al primer baño. Y el olor del madun invadía la aldea, las calles…. Era el despertador de mi infancia, que hoy de seguro continua despertando a los kunas de Ustupu …¡El día entraba por la nariz! Saludar la salida del sol con una taza de madun… Linda la imagen, ¿no?

Y también el ritual del primer baño, antes que la madrugada llegue a su fin y el amanecer nos cubra. Decía mi abuela que no podíamos beber el primer madum o tomar la primera comida, sin el baño tempranero. Era el agua, dialogando con nuestro cuerpo, preparándonos para las nuevas sorpresas por venir.

(Jorge) De pronto y proponemos a la Asamblea que sea ley que todo gobernante salga cada mañana temprano al jardín de palacio o a un parque… ¿No te parece que su manera de gobernar sería más amable y generosa después? Así también para cualquiera en el gobierno de su propia vida.

Y dale que vuelvo a Thoreau. Tengo subrayado en mi ejemplar de su Walden “…La mañana es el periodo mas memorable del día. Había [en el lago Walden, al amanecer] algo cósmico… Un constante aviso, hasta entonces vedado, del perdurable vigor y la perenne fertilidad del mundo. Para aquellos cuyos pensamientos elásticos y vigorosos siguen la marcha del Sol, el día es una mañana perpetua…”

Conozco y admiro a ciertas contadas personas que se despiertan poco antes del amanecer, solo para no perdérselo. A veces uno hasta logra sentir un viento muy fresco, como nuevo, que recorre el mundo únicamente a esa hora. Poco me pasa a mí, lo reconozco, porque soy medio dormilón (bueno, “soñador” más que dormilón). Qué alegría para buena los encuentros con ese viento tan nuevo y frío del amanecer.

Permíteme Cebaldo, que terminemos con Thoreau esta Luna Llena.

“Debemos aprender a re-despertarnos y a mantenernos despiertos no por ayudas mecánicas sino por una infinita expectación de la aurora, que no se separará de nosotros ni en nuestro sueño mas profundo. No conozco hecho más alentador que la incuestionable capacidad del ser humano para elevar su vida por un empeño consciente…”

Mis respetos, maestro.

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Otras Luna Llenas:

23 noviembre, 2018 | Sin comentarios »

Si esta ciudad fuese mía…

Cada ciudad puede ser otra
cuando el amor la transfigura.
Cada ciudad puede ser tantas
como amorosos la recorren.
Mario Benedetti.

Ilustración de Ani Ventocilla

Ilustración de Ani Ventocilla

En una ciudad del mediterráneo, un día, preguntaron a los ciudadanos cuánto debería medir una acera, un paseo. Esto porque ya por todo lado eran los carros y no había espacio para los de a pie, los paseantes.
– “Algunos centímetros más”, dijeron algunos.
La respuesta que dio un niño bien parece que debería ser la medida de la acera perfecta en cualquier ciudad de este planeta: “¡Que una familia camine de manos dadas!”, dijo.

Recordando esto pensaba en mi lejana ciudad de mariposas, pájaros y árboles. La ciudad que me recibió en los años ‘60 y donde fui construyendo también mis días: mí amada Ciudad de Panamá.

Bannaba, (“más allá”, “a lo lejos”, en dule gaya, la lengua de los Guna). Así le dijeron al español que llegó hace un montón de lunas, cuando preguntó por el nombre de aquella tierra, y el ai guna sin entender lo que le preguntaba, tal vez intuyéndolo, le respondió amistosamente: “Allá a lo lejos, está otro bello caserío”.

Pasados varios días de caminata, los conquistadores encontraron el caserío rodeado de mariposas, peces y árboles. ¡Y le llamaron Panamá!

Mis primeras cartografías sentimentales están muy ligadas al cuerpo de la capital de la República de Panamá. Caminaba desde la Iglesia de Cristo Rey a la escuela República de Chile. Calidonia, La Exposición y Bella Vista eran los lugares amados y deseados por el encanto de pasar por sus tiendas y parques. Así empecé a memorizar colores, olores y sabores de mi ciudad, mi nueva aldea. Recuérdese que yo venia de nacer y crecer en Ustupu, Kuna Yala… ¡Qué mistura de encantos!… Y he aquí que vi cómo, en lo que trascurrían mis años escolares, la ciudad iba creciendo…

(Jorge) Sí, hace medio siglo y aun un par de décadas después, un joven estudiante podía ser un joven estudiante en la Ciudad de Panamá. En la actualidad diría que es difícil. Pero los hechos muestran que esta sociedad pudo levantar una ciudad bastante grata para vivir, muy por delante de la actual.

Apoyándonos en la evidencia histórica, propongo nos imaginemos – soñemos, si se quiere – lo que una ciudad pudiera llegar a ser si las personas y realidades socioeconómicas que deciden sencillamente quisieran.

Aclaración importante. Un personaje de apellido Allen, me enseñó que “…así como el mundo visible se sostiene por fuerzas invisibles, así el ser humano… se nutre de las visiones de belleza de sus soñadores solitarios. La humanidad no puede olvidar a sus soñadores, no puede dejar sus ideales desaparecer y morir; la humanidad vive en estos ideales, los conoce como las realidades que un día serán vistas y conocidas”.

Entonces, soñemos, que siempre ha valido la pena hacerlo.

Soñando soñamos que podemos ser habitantes informados. Aprendemos en la escuela y en casa dónde se genera la energía eléctrica que prende el foco del cuarto, y de dónde nos llega el agua del café de cada mañana. Y en consecuencia, sabemos adonde van la basura y las aguas servidas que generamos. Y en el curso de Geografía aprendo nombres de ríos y quebradas principales que atraviesan mi ciudad, nombres de sus árboles, plantas, las aves, los peces, las tortugas. Y el Palacio de Las Garzas, La Exposición… ¿porqué se llaman así?

En esa ciudad, los domingos y feriados las familias saldrían a pasear a los parques no al Mall más cercano. Y la pasarían muy bien. Por cada 30 carros se instalará una banca: cómoda, en lugar agradable, con sombra, en conmemoración de… ¡Una por cada 30 carros! A inicios del 2017 en la provincia de Panamá y Panamá Oeste habían 925,143 vehículos inscritos, por lo que la gente tendrían más de 30 mil bancas donde descansar.

Por cada familia y por Ley, serán plantados 2 o 3 árboles (…para mí uno de mango, por favor). Y de cada 7 avisos comerciales 1 debería estar dedicado enteramente a publicitar un mensaje cívico:

Respetar es un Derecho Camine más Sonría Con Lo Que Piensa
“Salude, de las gracias..” Esfuércese [ dig-ni-dad ]
“La Queja, Aleja” ¿Y Usted, nació para vivir o para comprar?
¿Abrazó a alguien hoy? Lea la Constitución

(Cebaldo) En las ciudades el ruido que producen los carros y los edificios cuando crecen y se multiplican son la “sinfonía del desarrollo”; y al mismo tiempo sus otros habitantes – aves, árboles, manglares, ríos, bahías.. – van sufriendo exilios y derrotas: el cemento avanza, la naturaleza retrocede.

Esta vorágine de exilios, velocidades, cemento, ruido y asfalto, provoca dolorosas pérdidas. Y no hay mapas de geógrafos, planos de arquitectos, esquemas de ingenieros, o discursos de políticos, que codifiquen el mapa emocional que surge de nuestra interacción con la ciudad que habitamos y nos habita.

¿Cómo se contabiliza una bahía que se contamina, un río que se seca? ¿Cómo se contabiliza si perdemos una parte del cuerpo y de la propia alma? ¿Cómo cartografiar esas emociones que se des-hacen?

(Jorge) No exagero. Son posibilidades implementadas ya en otros lados. Y hay gente aquí que trabaja y sueña con estos temas. Les cuento: creía yo que las ciudades, con el paso de los años, iban siempre a peor. Que inexorablemente su crecimiento traía consigo un descenso de la calidad de vida. Hasta que a mediados de la década pasada, visité Bogotá. Bajo el lema “Por una ciudad sin indiferencia” y en medio de un país casi en guerra, Bogotá se esforzaba por ser amable con su usuario de cada día. Se instalaron ciclo-vías, los domingos se cerraba el paso de automóviles en calles principales, aumentaron las bibliotecas donde se conseguía hasta música. Se hacía docencia… Luego supe de Medellín que de Ciudad del Crimen pasó a Capital Internacional de la Poesía. Me parece que hasta ahora funcionarios del Municipio de Medellín viajan contando su rollo de cómo hicieron, y con quién lo hicieron: cambiar su ciudad. Es decir, una ciudad puede ser cambiada para bien.

(Cebaldo) La lucha contra la deshumanización de ciudades y aldeas es una tarea diaria y es vivida en no pocos lugares de este mundo. Por eso existen ciudades donde sus habitantes tratan de reencontrarse en plazas y parques, en teatros o mercados; vecinos que se juntan para cultivar en huertos urbanos, o simplemente caminar por sus aceras de manos dadas y sentir la ciudad y vivirla como su otra piel. ¡y que nuestras ciudades no sean territorios de “tragalunas”, sino territorio de amorosos!

Luna Llena de Octubre.
Abrazos de Jorge e Inawinapi

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Otras Luna Llenas:

24 octubre, 2018 | Sin comentarios »

Esos locos chiquitos…

He quedando mirando, largamente, la foto que Cebaldo escogió para la Luna Llena de agosto. El contexto es un viaje por las costas de Armila, al este de Kuna Yala, y el enfoque un grupo de niños que nos “acompañan para la foto”. Cómo olvidar el momento, el encuentro con niños-niños de verdad.

Un recuerdo lleva a otro. Esta vez en Ustupu, comunidad insular al centro de la Comarca Kuna. De pronto tronó el cielo sobre la isla y un aguacero de esos con rayos y centellas destapó de una sola vez el agua contenida en las nubes. Todos, absolutamente todos los adultos corrieron a esconderse bajo techo; y en dirección opuesta corrieron los niños.

Ellos recibiendo felices y saltando de alegría, la lluvia en las calles tomadas. Los adultos evitándola como si fuera radiactiva.

Niños y niñas salen a jugar y a recibir las caricias de las nubes y del cielo

“Niños y niñas salen a jugar y a recibir las caricias de las nubes y del cielo”, Ilustración de Ani Ventocilla

 

(Cebaldo) Me acuerdo de ese instante de la lluvia y de los niños saliendo a jugar y a recibir las caricias de las nubes y del cielo. Y nosotros los adultos corríamos a refugiarnos en algún techo o buscábamos un paraguas. Ellos continuaban danzando con el agua. Jugaban desnudos y yo recordaba este ritual infantil que viví en mi niñez y que entonces, ya adultos, no nos atrevíamos a revivir, porque fuimos perdiendo la inocencia y mas bien nos sentíamos sitiados por la lluvia…

Y son los olores, los colores y sabores de las frutas y peces, los que marcaron definitivamente mi infancia. Porque con ellas también llegaron otros descubrimientos y asombros. Y es que los primeros gestos de amistad, los primeros amigos, llegaron oliendo a frutas y a mar.

Recuerdo , también, que por la aldea andaba un grupo de kunitas, pequeñas bandas buscando dónde quedaban las cañas de azúcar después del trapicheo, para rematarlas y disfrutar de su jugo. Otras veces se juntaban para ir al río, muchas veces a escondidas, para bañarse, recoger mangos y otras frutas y atrapar algún que otro cangrejo o algún pez… ¡Ceremonias de frutas y complicidades!

(Jorge) ¿Qué sería de la humanidad y del mundo si solo existiera nuestra seriedad de adultos?

Aquí uno podría desbarrancarse por la alegoría y el lenguaje poético porque qué duda cabe que es gracias a los niños que el Sol sigue saliendo, los árboles creciendo y la esperanza, terca, no nos quiere abandonar nunca.

Decimos “niños”, así, genéricamente, pero son niños y niñas… Además, si ellas ¡hasta gatean con más elegancia! Ambos hemos tenido, Inawinapi, la fortuna de ser padres de niñas.

Fotografía de Abadio Green

“..qué duda cabe que es gracias a los niños el Sol sigue saliendo, los árboles creciendo…”, Fotografía de Abadio Green

 

(Cebaldo) Para ellos y ellas todo es descubrimiento, sorpresas diarias, un mundo de maravillas. Desde el vuelo de las aves, las frutas compartidas (el mango en todo el cuerpo), las lombrices de la tierra, el olor de un pez, una anguila que se mueve, las estrellas fugaces, las palabras de la abuelita o del tío cuentacuentos, las risas y carcajadas de las vecinas o de las tías, el lenguaje de las nubes y sus figuras… Y esta capacidad de coleccionar todo, desde la arena en el bolsillo, hasta cartas que no se leen pero se huelen.

Una vez conocí una niña que coleccionaba palabras que no conocía, pensé que sería para crear su propio diccionario o para aprenderlas, pero me dijo: “Es para prestarlas o regalarlas a un amigo cuando las necesite, o para compartirlas juntos”. Y los niños que enamoran paisajes, para seguir disfrutándolo u ofrecerlo a su mejor amigo en forma de cuento, en forma de dibujo…

(Jorge) No faltarán adultos que crean que la infancia es una etapa más o menos inútil y que mientras no se enfermen, no sean respondones y hagan sus tareas antes de dormir, suficiente con los niños. Tan útiles para ellos la TV, los celulares y demás aparatitos postmodernos con qué ocuparlos. Qué manera de desprestigiarlos, siendo de nuestra especie lo más lleno de encanto. ¡Qué etapa de la vida para útil y sagrada!

“Sean como niños”: la exigencia más radical, exigente y revolucionaria de los Evangelios.

Ojala algún alma caritativa nos advirtiese – temprano, antes de entrar a la edad adulta – que en lo que vamos creciendo guardemos para siempre en el corazón y bajo siete llaves, un pedacito de infancia.

(Cebaldo) Aprendamos a “entender” lo que dicen los niños, a tratar de sentir el mundo, de verlo, a través de sus ojos. Para no tener miedo a las preguntas. Ellos no tienen miedo de preguntar y no buscan las llamadas verdades, que los adultos llevamos como cargas. Por eso la curiosidad es una de sus virtudes. Y vamos creciendo y perdiendo la capacidad de asombro, de curiosidad, de hacer preguntas, y no sentimos dueños absolutos de la verdad y de las palabras….y así vamos ordenado el mundo, con nuestras supuestas verdades. ¡Y vemos los resultados! ¡Un mundo en caos!

Decía alguien que de adultos deberíamos tomar clases de Infancia, educación sobre el arte de ser niños. Y ellos, los niños, serían los maestros, los profesores, ¿Por qué no? Y así poder recuperar nuestra capacidad de preguntar, de inventar colores, de pintar sin querer ser un gran pintor. De jugar esos juegos de la infancia o de siempre.

¿Será que un adulto, de estos que provocan guerras, que “hacen estremecer” los mercados, que quieren mandar siempre… se atrevería a recibir clases de Infancia?

marcha contra la invasioìn de Irak

Luna Llena de Septiembre (25.09.2018) (Bajar Luna Llena de Septiembre PDF)

Jorge y Cebaldo

Otras Luna Llenas:

25 septiembre, 2018 | 4 comentarios »

Viajar, aprender, regresar, devolver

(Cebaldo) En esta “Luna Llena” de agosto conversaremos de viajes, de la aventura de enfrentar nuevos saberes y conocer nuevos pueblos; del retorno a la Casa Grande y del valor de “devolver la información” a las comunidades que visitamos y que con frecuencia mucho nos dieron.

Ambos tuvimos la gran suerte de participar en uno de los proyectos más extraordinarios realizados por los gunas de Panamá: el Proyecto de Estudios para el Manejo de las Áreas Silvestres de Kuna Yala (PEMASKY), en los años 80. Recorrimos la geografía dule, sus ríos, sus montes, conversamos con sus dirigentes, con sus Poetas Mayores, con sus mujeres y niños. Un equipo de investigadores dules y no dules, nacionales y extranjeros, unidos por la urgencia de crear una área protegida y salvaguardar sus recursos. El libro “Plantas y Animales en la Vida del Pueblo Kuna”, siguió un precepto primario de PEMASKY: hay que devolver la información a la gente.

Portada de “Plantas y Animales en la Vida del Pueblo Kuna”, libro producto de muchos viajes por Guna Yala (http://www.fundaciontierra.es/sites/default/files/web_antiga/es/data/kunas.pdf)

 

Estas reflexiones nacen de aquellos y otros viajes.

Hasta ahora hemos recorrido más de 20 comunidades, hemos hecho decenas de horas
de grabaciones, fotos, cuestionarios, conversaciones, observaciones
que quedarán para siempre en nuestra memoria. Al final estamos hechos de penas,
de afectos, de alegrías, de esperanzas y no solo de métodos, cálculos y teorías.
Los anaimar (amigos) nos han recibido con alegría y hospitalidad; he visto algunos
que no veía hace 30 años o más. Sé que un día he de volver a estos lugares amados,
con otro proyecto íntimo y personal: ¡contrabandear poemas de isla en isla,
en un cayuco a vela!

Nalunega, 31 de mayo del 2007. (Diario de Campo)

Existe en la tradicional oral Guna varias historias de viajes y retornos, de momentos en que algunos “regresan” pero ya no son los mismos pues se quedaron en los otros mundos; de viajeros que regresan y vuelven más fuertes, con más sabidurías y con ganas de compartir lo descubierto. Son cantos y cuentos que se recitan una y otra vez, como un poema que retorna y gira alrededor de los viajes y de los viajeros dules que salen a conocer otros mundos.

Como la historia de Uagibler, y otros Nergan(1), que en tiempos de gestación de la Tierra fueron a vivir y conocer los reinos de las aves, de las rocas, del viento o de las aguas y plantas, y después regresaron para contar de estos mundos y sus enseñanzas. ¡Sabidurías compartidas!

O también la historia de las tortugas, que nacen en una playa y se lanzan a viajar por otros mares pero siempre vuelven a su playa materna después de miles de kilómetros recorridos y de vidas vividas.

Uno de los mitos fundadores de la cultura Guna, es el Canto de Ibeler y sus hermanos. Ellos pierden a su madre en el parto y es otra mujer y otros seres quienes los crían – seres diferentes, mitad humanos, mitad animales. Nadie les cuenta su verdadero origen hasta que un día van a un río y el río, espejo natural, les muestra que no es así la historia: ven sus caras y caen en cuenta que no son iguales a los seres que los crían y dicen ser sus padres… Han sido engañados. Empiezan a buscar su identidad, sus raíces, incluso a buscar el cadáver de su madre, que en alguna esquina de algún rio estará a su espera. El río les “habla” de su pasado y de su presente. ¿De dónde venimos? ¿Qué somos?… ¡Ritos de Identidad!

Escuchar de nuevo estas historias en las Onmaketnega (Casa del Congreso) de Kuna Yala y en las entrevistas a dirigentes e historiadores de las aldeas, nos permitió no solo consolidar nuestra cosmovisión e identidad, sino también dar forma a algunas dudas, angustias y desafíos.

He hecho no pocas investigaciones “en casa”, las cuales han sido también viajes hacia el interior de mí mismo. Confrontarnos con nuestras dudas, con las transformaciones ocurridas en la forma de entender los cambios y rituales en las comunidades… no solo bajo la mira “antropológica” del especialista, sino con la del que regresa al hogar y trata de entender la vieja canción, los antiguos poemas.

El investigador, aun siendo nativo de la comunidad, no deja de ser alguien que llega “a preguntar”, a observar desde una cierta distancia las actividades de los comuneros.
Son algunas reflexiones y preguntas, que he encontrado en mis caminos de investigador y de permanente aprendiz.

Con un grupo de niños amigos, en la comunidad de Armila (este de Kuna Yala)

Con un grupo de niños amigos, en la comunidad de Armila (este de Kuna Yala)

 

(Jorge) Cuando pequeños nuestro padre nos contaba que allá en Reyco, su pueblo natal, reconocían a las personas de conocimiento por los kilómetros recorridos. “Es un viajado”, decían sus paisanos.

Viajando se aprende es una de esas verdades llanas, sencillas, pueblerinas.

Octavio Paz, el poeta mexicano, afirmó alguna vez: “El proverbio europeo es falso; viajar no es `morir un poco´ sino ejercitarse en el arte de despedirse, para así, ya ligeros, aprender a recibir. Desprendimientos: aprendizajes”.

Hay de todo en la viña del Señor. Algunas personas casi no viajan y tampoco sienten la necesidad. Otros a la primera oportunidad, parten; sea buscando geografías nuevas, sea a sitios escogidos.

Sabemos, mi querido Inawinapi, que es también un asunto de oportunidades. Pero no se crea que solo viaja quien tiene medios, plata con qué pagar. Ahí están por ejemplo los viajeros caminantes, especie que personalmente espero no se extingan nunca. Matsuo Basho fue uno de ellos. Vivió en el Japón del siglo XVII. Octavio Paz lo describió así: “…hombre frugal y pobre que escribió ya entrado en años y que vagabundeó por todo el Japón durmiendo en ermitas y posadas populares; ese reconcentrado que contemplaba largamente un árbol y un cuervo sobre el árbol, el brillo de la luz sobre una piedra; ese poeta que después de remendarse las ropas raídas leía a los clásicos chinos..” Hoy día Basho es uno de los mayores poetas japoneses de todos los tiempos. Y era una gran caminante.

Acompañado de su maestro Simón Rodríguez, quien sería llamado “El libertador del Libertador”, en 1805 Simón Bolívar caminó a pie de Francia a Italia. Y llegando al Monte Sacro juró en presencia de su maestro y a sus 22 años, luchar por la independencia americana de España. Y lo hizo.

De diciembre de 1928 al mes siguiente el poeta colombiano Fernando González hizo un viaje redondo a pie, caballo y tren, partiendo y retornando a Envigado, Antioquía. Su travesía está narrada en un hermoso librito “Viaje a Pie”, publicado por primera vez en Francia en 1929. La iglesia católica lo prohibió y el librito se disparó en ventas.

No se trata tampoco de siempre llegar muy lejos. David Thoreau, uno de los mayores y mejores y más comprometidos ensayistas estadounidenses, nació, creció y murió en el pueblito de Concord, en Massachusetts. Cuando le preguntaban por sus andanzas, decía: “…He viajado mucho, en Concord.”

Quiero animarte Cebaldo a que cumplas tu deseo de ir en bote a vela de isla en isla, contrabandeando poesías por toda la Comarca. Sabes que poetas y poetizas cómplices tendrías a raudales. Acuérdate que Basho hacía “..viajes a pie como un monje pero asimismo como un extraño `sembrador de poesía´”. Tú harías lo mismo a través del mar (…pero no como monje).

Viajando está la suerte de alejarse y la fortuna de regresar. Regresar al hogar o a los lugares visitados y “de-volver” lo aprendido.

Recuerdo aquella vez cuando nos tomábamos un café en la vieja avenida Central de ciudad de Panamá. Un paisano tuyo, de Ustupu, te reconoció y sin dejar de caminar te dejó saber desde la acera del frente que tenía guardados los recortes de todas tus crónicas, publicadas en el diario La Prensa.

Me imagino a ese dule leyendo y releyendo tus textos, y sentipensando: “Esto soy yo”.
Quizás, a final de cuentas, sea eso y nada más este nacer, morir y renacer que experimentamos una y otra vez aquí en la Tierra: un viaje y un aprendizaje, para regresar y devolver.

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(1) Nergan o Neles: según la historia oral Guna, al comienzo de la construcción del mundo, muchas de las cosas, de la técnicas y de la cultura en general eran desconocidas. Pero ya vivían seres con capacidad superior para aprender y dirigir, eran los Neles. Estos fueron enviados a los mundos diferentes, al de las plantas, de las aves, de los animales, del viento… para que aprendiesen de sus secretos y sabidurías. Fueron, vivieron en esos mundos, y regresaron a contar las novedades.
25 agosto, 2018 | 4 comentarios »

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