Luna Llena


Cebaldo Inawinapi (en las calles de su aldea marina, con un pedazo de pan en una mano y en la otra una pizarra para garabatear palabras. años 50)

Jorge Ventocilla (con el uniforme de su escuela primaria, San Luis, de Barranco, Perú, años 60)

 

Nací en Usdup, una isla de la Comarca Guna, después fui conociendo otros lugares, nuevos ríos… y entre estos viajes y encuentros conocí a Jorge, ya hace tantas lunas ( dos niños encantados con nuevos descubrimientos). Hoy vivo entre Portugal y Panamá. Ambos queremos que este Blog sea la extensión de nuestra amistad, con nuevos encuentros y nacimientos. 

Lo llamaremos “Luna Llena” y saldrá puntualmente el mero día de la luna llena. Hace dos décadas y junto a Annie Saint-Amand, empezamos un boletín del mismo nombre y periodicidad sobre la historia natural de la Isla de Barro Colorado, reserva científica de bosque tropical en el Canal de Panamá. Años después me mudé con mi luna bajo el brazo al Museo de la Biodiversidad (Biomuseo), también de Panamá. Ahora, a partir de la luna llena de julio del 2018, hemos decidido escribir y compartir Luna Llena entre los dos: a dos manos y dos corazones. Y el primer número que llega a ustedes lleva por título:

¿Cuándo aprendiste a escribir, hermanito?

Narraremos esta vez nuestras historias sobre:

1.Cómo aprendimos a escribir

2.Para qué nos ha servido

3.Qué nos proponemos con Luna Llena.

Cebaldo escribe en itálica.

1. (Cebaldo) Mi primera maestra – del primer grado – podía haber sido mamá, ya que era una de las maestras de la isla. Sin embargo, mi primera maestra oficial fue una monjita, la madre Teresita, monja franciscana, que con su voz dulce y pausada y con su hábito que no le dejaba ver los pies, parecía que volaba de pupitre en pupitre. Cuando cantaba o tocaba la guitarra o el piano – era una fiesta. Incluso cuando nos pedía cerrar los ojos, porque entraba en la sala con unos dulces, preparadas por ella o por las otras monjitas. “Niños, cierren los ojos”, “adivinen qué es” y ella cerraba sus lindos ojos, ya que no hablaba dule gaya e imaginaba que muchos no entendíamos lo que decía. Y el olor de la sorpresa invadía el salón. ¿Habrá olores más intensos, sabores, colores, de aquellos que vivimos cuando somos niños? Creo que no, porque todo está en estado germinal, vamos inaugurando todo, abriendo puertas nuevas. Descubriendo sensaciones.

Un día leyendo Mal de Amores de Ángeles Mastretta, encontré estas frases, que forman parte de un precioso conjuro, “…te deseo una mirada curiosa, una nariz con memoria, una boca que sonría”, y pensé que era eso que sin decirnos, nos deseaba también Sor Teresita, ¡mi primera maestra!   

Así que para nosotros, mi pequeño grupo del 1º A, la letra no entró con sangre, como dicen a veces, si no de una forma dulce, amorosa y tranquila, ¡gracias a una maestra alada!

(Jorge) Empezaré  diciendo que habían muchos libros en la casa de mi infancia. Y que las palabras que flotaban a mi alrededor, tenían poder. Claro que de chiquito yo no reparaba ni interpretaba mucho todo esto: simplemente estaban ahí, los libros y las palabras de poder.

Mi primera maestra, con la que di mis primeros pasos en el aprender a escribir, se llamaba Margarita. Y también me enamoré de ella pero no fue pecado porque Margarita no era monjita, como Sor Teresita. Enseñaba en la escuelita “Federico Froebel” cuyo local quedaba en la esquina de mi calle, la primera de Pérez Roca, en Barranco, distrito al sur de Lima. Friedrich Froebel fue un pedagogo alemán del siglo XIX, discípulo de Rousseau y de Pestalozzi que se dedicó a la estudiar la educación de los niños cuando son muy pequeños. Cursé ahí el kínder. De mi maestra no tengo una foto; solo se que era arequipeña. Aun conservo, indeleble, el recuerdo de ella volteando la esquina de Pérez Roca y Grau, despidiéndose de lejos con una sonrisa que me pareció enorme y dedicada tan solo a mí. Es la única imagen cierta que tengo de ella en la memoria.

2. (Jorge) Aunque a veces cuesta, escribir ha sido y es un deleite. No pocas veces una necesidad, y hasta un arma; sí, un arma cargada con balas de palabras de poder. Me ha permitido llegar mejor dentro de mí mismo, y quiero creer que también dentro de otros seres humanos. Escribiendo uno se logra contactar con personas que a veces están cerca y otras muy lejos. Ahora mismo estas palabras que escribo contigo hermano querido, quién sabe hasta dónde van a llegar. Ni cuándo llegarán. Con frecuencia se escribe para mucho después (…ya dijimos antes que las palabras sean habladas o escritas, siempre quedan flotando por ahí).

Sea que estoy trabajando en un escrito en particular o no, suelo tener cerca mi cuaderno de bitácora. Por alguna extraña razón tiene que ser un cuaderno como los que existían cuando era niño; gruesos, de tapas duras y mucho mejor de hojas de papel periódico. Manías sanas tenemos todos. Cada vez me cuesta más encontrar  esos cuadernos… Ahí anoto “cosas” que atestiguo, que me parece que tienen belleza. A veces es belleza con grandeza; a veces belleza con nostalgia; incluso belleza con dolor. No queriendo que todo simplemente desaparezca de mi experiencia, guardo por escrito algo de lo vivido. Son textos cortos y sencillos, que no llevan el peso de la pretensión que inevitablemente recae sobre lo que sabemos va a ser publicado, y leído por otro.

(Cebaldo) Nací en un hogar de educadores y cuentacuentistas, mi mamá y papá eran maestros en la aldea. Y rodeado de abuelos y tías, todos contadores de historias. Uno de los rituales que siempre me encantó de mis padres, en especial de mi mamá, era su función de escribanos: mi madre escribía cartas para las amigas o vecinas o familiares. Ella era puente entre tantas sensaciones. Cartas para los familiares y amigos que un día se marcharon a las ciudades y otros lugares, lejos de la aldea. Y yo niño me preguntaba, ¿cómo escribirá sobre esta extraña enfermedad que le cuenta la amiga en kuna?

Creo que muchas eran cartas de amor o de nostalgias. Historias de las aldeas. Y yo me decía que un día también escribiría cartas de amor o de viajes o aventuras, para amigos o familiares…. sería también, como mamá, puente entre sensaciones. ¡Por eso quería escribir!

A veces creo que cuando empecé a escribir crónicas en periódicos y revistas… fue un poco por este sueño, esta idea de intérprete, de puente, de abrazo. Escribo a pesar de que sigo siendo un ser de lo oral, del escuchar y del hablar; me fascina, me encanta. Puedo pasar horas y horas escuchando historias. Me gustan los sonidos, el timbre de las voces, las canciones ocultas de las palabras, la música que llega diferente a cada cuerpo.

Y el escribir, contar historias, me ha servido también como una forma de regreso a la aldea, a mi casa marina. Un regreso no físico, sino viviendo estaciones más intimas. Y en este regreso encontrarme con amigos, con cómplices, con paisajes; al mismo tiempo recreando momentos, como diseñando nuevos caminos.

3. (Cebaldo) ¿Qué nos proponemos con Luna LLena? Pues seguir con los diálogos y las conversaciones que empezamos desde muy jóvenes, sobre las cosas que amamos, de las cosas que nos duelen, de las cosas que nos alegran. De nuestros viajes comunes, o personales, de la isla amada que nos espera, de los libros que nos encantan, de aquel poema inolvidable, del vino bebido en alegre compañía, de los otros habitantes que habitan este hermoso planeta.

Que sea una carta abierta a los amigos, a los conocidos y por conocer. Que sea sinfonía de voces entre nosotros y los demás. Y que sea la luna que nos guie, nos indique el camino.

(Jorge) No hay mucho más que agregar a lo que ya señalas como razón de  estos textos alunados, Cebaldito. Quiera la Musa acompañarnos y dar Duende a cada  entrega. Para que  sean un puente de esos que tú aprendiste a tender con tus padres siendo niño; y lleven también cuando necesario, las “palabras peleadoras” que recomendaba nuestro querido Eduardo Galeano.

Que la tarea  pues nos deje deleite y sea un noble compromiso. Una humilde reverencia a tanta cosa y gente linda que a pesar de los pesares existen y seguirán existiendo en el planeta que la luna ilumina.

Jorge y yo, en dias en que regreso  a la Casa Grande (Panamá) y Gamboa es siempre un abrazo

24 julio, 2018

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